A nadie le es extraño escuchar que existen personas convencidas de su profesión, que la llevan a cabo con una dedicación y esmero, con un convencimiento que va más allá de los meramente remunerado. Decimos que son personas vocacionadas. Pues bien, en el ámbito de la misión no se entiende el discipulado si no es desde la vocación. Ser discípulo del Señor implica desechar la rutina, la comodidad o la tibieza, para vivir desde la convicción y la entrega. De ello es de lo que nos hablan las lecturas de este domingo.

         Entiendo que ser cristiano no es otra cosa que sentirse llamado por Dios a seguirle, sostenido por su misma gracia. Y esta llamada siempre nos sorprende; es desproporcionada la misión tan grande que el Señor nos confía, nada menos que anunciar su salvación,  frente a las fuerzas limitadas con  las que nos sentimos para afrontarla. En este sentido, el evangelio de este domingo quiere ser un estimulo y un impulso para sentirnos fortalecidos y acompañados en nuestra vocación.

         Narra San Lucas un día cualquiera en el trabajo de San Pedro y sus compañeros; mientras estaban lavando las redes vacías en una noche desafortunada, el Señor se les hace presente y les invita a seguirle. Creo que esta puede ser una primera gran enseñanza de este domingo. El Señor no se acerca a nuestra vida  al margen de lo que somos, aprovecha nuestras situaciones concretas, personas, dificultades, cansancios,…No nos saca de  nuestra vida sino que se hace cercano en ella.  No busca lo excepcional o lo magnifico, sino lo cotidiano para hacernos sentir su presencia.

         El Señor nos llama desde nuestra vida concreta, es cierto, pero ¿a qué nos llama? “Rema mar adentro y echa las redes”, dice el evangelio.  Habían estado toda la noche faenando y no habían pescado nada, no tenía sentido volver a reemprender la misma tarea infecunda de hace un momento; pero por fidelidad al Señor lo hacen. La pesca es abundante. Es esta otra preciosa enseñanza. La iglesia debe remar mar adentro, no podemos quedarnos instalados en nuestras comodidades y seguridades. No es bueno esperar que vengan a nosotros. Es necesario remar mar adentro, ir al encuentro del otro. El evangelio y su anuncio implican comprometerse en anunciar la salvación. Eso sí, hay que hacerlo no confiando solo en nuestras propias fuerzas, sino apoyándonos en la palabra de Dios. Es la fidelidad a la Palabra la que hace fecundo el ministerio del apóstol. 

         ¡No estás solo! Debe ser ésta una convicción importante en el discípulo. Por eso Jesús le puede decir a Pedro “no temas”, basta la confianza en saber que no somos los protagonistas, solo instrumentos de la misericordia del Señor. Y Él, que inicio en nosotros la obra buena, la llevará a término. Necesitamos mirar nuestra vida desde este evangelio para descubrir en el “cotidiano lavar de nuestras redes” la voz y la presencia del Señor, que nos llama desde nuestros vacíos hacia una plenitud, y nos invita a ser testigos de ésta. Los discípulos dejándolo todo siguieron a Jesús. Hoy nos toca a nosotros completar esta bonita página vocacional.

                                                                      Francisco Sáez Rozas 

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