A poco que miremos nuestra vida, nos damos cuenta que está cargada de cansancios Y de fatigas. No es difícil descubrir que cuando nos encontramos con la dificultad, la soledad o el dolor,  a veces experimentamos esa sensación de escepticismo que nos impide seguir caminando con ilusión, con fuerza y esperanza. Este segundo domingo es un oasis en este sentido.  La lectura del salmo resume bien el tema central de la liturgia de hoy: la confianza en saber y experimentar que el Señor es nuestra luz y salvación aún en medio de las dificultades de cada día.

El evangelio nos narra el momento en el que el Señor sube con algunos de sus discípulos al monte Tabor. En la biblia, la montaña no solo designa un lugar geográfico, sino que también expresa una experiencia espiritual. La montaña es el lugar de la manifestación de Dios, de encuentro con Dios, en clima de silencio y contemplación. Por eso nos dice la Palara de Dios, que subieron a orar. El Tabor es una experiencia anticipada de la Pascua, de la vida en plenitud, es un anticipo de lo que esperamos. Pero sólo un anticipo, porque enseguida habrá que “bajar” y recorrer los difíciles y monótonos caminos de la vida. Habrá que comprometerse en seguir anunciando con la vida el amor que todo lo transforma.

El pasaje clave de este Evangelio de la Transfiguración, es la palabra que el Padre dirige a los tres discípulos: “Este es mi Hijo amado: escuchadlo”: Una invitación a escuchar  la Palabra de Dios. Si nos observamos a nosotros mismos, y observamos nuestro alrededor, coincidiremos en que estamos muy metidos en el “mundo”, y “en nuestro mundo”, que necesitamos un poco de aire puro. Y que estamos tan atrapados por las preocupaciones que no sabemos ni somos capaces de salir de ellas. Estamos tan preocupados con nuestros problemas, que los agrandamos enormemente, perdiendo la visión de conjunto. Escuchamos tantas palabras, tantos ruidos, que necesitamos con urgencia un poco de silencio. Por otra parte vivimos tan confortablemente, tan cómodamente en nuestro bienestar, que no estamos dispuestos a hacer el más mínimo esfuerzo por salir a la búsqueda de Dios. ¿Por qué subir a la montaña si se está bien en el valle? ¿Para qué buscar a Dios si  me va estupendamente?

Las personas parece que no tengamos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro, para escuchar el mensaje que toda persona nos puede comunicar. En este contexto, tampoco resulta extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y, sin embargo, desde esa escucha, cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Desde esa escucha nace la fe verdadera. Hoy la Palabra de Dios nos habla de silencio en las prisas de la vida, de escuchar a Dios para fortalecer nuestra vida, para conocer su voluntad y poder realizarla. Desde esa escucha entendemos que hay que bajar cada día a la vida para hacer presente el amor de Dios.

                                                                      Francisco Sáez Rozas.

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