Una vez un hombre se preguntó hasta cuando duraba la paciencia de Dios, es decir, si Dios terminaría por cansarse ante la lentitud con la que los hombres, muchas veces respondemos a su llamada. Lo cierto, como dice el Papa Francisco, es que Dios no se cansa nunca de perdonarnos, de estar empezando siempre una historia con cada uno de nosotros. Es de lo que nos habla el evangelio de este domingo con una imagen que nos es familiar como es la de la higuera plantada en la viña. En la Biblia, la higuera y la viña no son arboles sin más, representan a Israel, el pueblo elegido.

Un pueblo cuidado con mucho esmero y que sin embargo no ha dado el fruto que se esperaba. Lo lógica de la justicia implica que se corte aquella higuera y se plante otro árbol que de fruto. ¡Para que va a ocupar terreno tontamente! Es nuestra visión de la justicia. Sin embargo Jesús aprovecha para enseñarnos que la misericordia de Dios no coincide con nuestro estrecho esquema de retribución, sino que lo desborda. Es hermoso escuchar en labios de Jesús que Dios da siempre una nueva oportunidad. Siempre es posible la conversión.

En medio de la cuaresma resuena, pues nuevamente, esta invitación a convertirse. Es necesario ver si el camino que recorremos en la vida es el que nos conduce a Dios; si no es así, estamos a tiempo de dar la vuelta y reemprender nuevamente ese camino hacia el Padre. La conversión significa un cambio de mentalidad que nos tiene que llevar a un cambio en nuestro corazón y en nuestra forma de vida. Por eso, para dar frutos, tendremos que convertirnos en lo profundo del corazón.

Conversión significa vivir nuestra realidad de bautizados. Por el Bautismo somos hijos de Dios, incorporados a Cristo, a su vida y misterio. Y la realidad de la filiación significa inseparablemente la realidad de la fraternidad. Es ir despojándose, poco a poco, de las vestiduras del hombre viejo para revestirnos de Cristo. Es el compromiso, cada vez más serio, de cada uno, sostenido también por el de la comunidad, que intenta comprender lo que el Señor quiere en la situación en que se encuentra. Y este proceso hace daño. Y hace daño porque afecta a lo más profundo de nuestra persona: porque no se queda en la superficie «rasgad los corazones, no las vestiduras, dice el Señor». Además, si me lo permitís, es un proceso que no se consigue de una vez para siempre. Toda la vida es oportunidad de convertirse.

Esta urgencia de conversión se entremezcla y complementa  con la paciencia y bondad de Dios que el evangelio nos muestra con la parábola de la viña. Dios espera que demos también frutos. Con el mismo cariño que el agricultor se preocupa de la viña, así Dios actúa con nosotros. Su bondad no debe llevarnos a una confianza engañosa de que Él perdona todo. Su bondad y paciencia es una llamada a transformar con su ayuda nuestra vida. Porque en definitiva, la conversión no es fruto de nuestras fuerzas o voluntad, sino de la gracia de Dios con la que cooperamos.

        

                                                             Francisco Sáez Rozas.

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