Este segundo domingo de Pascua nos sitúa ante una escena muy humana. Los discípulos aparecen asustados, «en una casa con los puertas cerradas por miedo a los judíos» (Jn 20,19). No es difícil ponerse en su situación. Habían visto morir a su maestro, sin embargo, algunas de las mujeres por la mañana les dijeron que la piedra estaba corrida y el sepulcro vacio. Presos por el pánico no recordaban el anuncio que Jesús les había hecho, que resucitaría al tercer día. En esta situación de dolor, de derrota y soledad, Jesús se hace presente en medio de la comunidad, en medio de los que Él había llamado. Su presencia es un testimonio palpable de que la vida ha triunfado sobre la muerte,  sus cinco llagas, signos de dolor, anuncian que el mal no tiene la última palabra.

¿Cuál podía ser su reacción ante tal anuncio? El evangelio nos lo dice «y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,20). Aquella experiencia no quiere ser solo un "detalle" del Señor para apagar sus miedos, sino un invitación a contemplar lo que ha sucedido, para que sean testigos de esa misericordia de Dios, con sus palabras y con sus vidas. Es este el mandato de Jesús «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo, recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,21). La misión de la Iglesia no es distinta de la misión de su Señor, sabiendo que Él está con nosotros todos los días de nuestra vida. No es una tarea que se apoye solo en nuestras fuerzas, programas y proyectos, sino en el don mismo del Espíritu Santo.

No obstante la escena no está completa. Falta Tomás que reclama pruebas para aceptar aquel anuncio. Qué bien representa esta actitud del apóstol a una parte nuestra que siempre que reclama pruebas para creer. Él quiere ver y tocar. Ahora Jesús se aparece solo para él. En los labios del apóstol encontramos aquella profesión de fe: cayó de rodillas y dijo “Señor mío y Dios mío”. Estamos  ante una de las más bellas oraciones de todo el evangelio. Por eso podemos confiar que de nuestras pobrezas, como de la pobreza de Tomas, Jesús puede sacar el acto de fe más hermoso.

El evangelio de hoy, en definitiva, constituye una invitación a anunciar la Paz y la Vida en Cristo desde los estigmas de la muerte en toda sus formas, para hacer ver que en Jesús ha comenzado una historia capaz de hacernos vencer tantos signos de dolor como se dan en nuestras historias. No somos simples "propagandistas teóricos", sino testigos de que lo mismo que sucedió en Jesús, también sucede en nosotros hoy: el dolor, la violencia, el odio, la muerte, en definitiva, el pecado, no tienen la última palabra, pues en la resurrección de Cristo han sido vencidos. Es esta nuestra alegría. Por eso, a pesar de todas las cicatrices de nuestro mundo, a veces insolidario, caduco y violento, nosotros hemos de decir: Hemos visto al Señor. A esto estamos enviados.

                                                             Francisco Sáez Rozas

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