Nos sitúa el evangelio de hoy en una escena de la vida cotidiana de los discípulos. En el lago de Tiberiades, estos se afanan en sus labores. Eran pescadores y como tal, salen a pescar. En la Biblia el mar tiene un sentido profundamente simbólico, como algo desconocido que es, significa el peligro y la muerte. Además, salen a pescar por la noche que es oscuridad y tiniebla. La noche es también símbolo de la ausencia del Señor. Además, el evangelio nos va a decir más adelante, que no van a pescar nada.

Los primeros cristianos entendieron siempre este evangelio como un signo de la infecundidad de los esfuerzos humanos cuando queremos apoyarnos solo en nuestras propias fuerzas y dejamos a un lado la capacidad de ponernos a la escucha del Señor. Esto le puede ocurrir a la Iglesia si el Señor Resucitado no está presente en ella, le seguirá ocurriendo lo de los apóstoles: “Aquella noche no cogieron nada”. Las comunidades cristianas necesitan permanentemente profetas que le digan con la toda libertad: “¡Es el Señor!”. Personas que, atentas a la vida, sepan percibir la presencia del Resucitado en medio de nuestras fatigas y esfuerzos.

Sin embargo, el evangelio sigue contando como al amanecer Jesús se presenta en la orilla. Invita nuevamente a sus discípulos: ellos escuchan a Jesús, y fiados de su palabra echan las redes que se llenan. Jesús sugiere modos nuevos: “Echad las redes al otro lado”, es decir, buscad de otro modo, no os conforméis con la tibieza; buscad  poniendo la seguridad y la fe en mi Palabra.

Este tercer domingo de Pascua es una propuesta a asumir con firmeza la llamada del Señor a todos los discípulos: “Seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Personas capaces, desde el evangelio, de hacer cicatrizar las heridas de nuestro mundo desde la misericordia que Dios nos ha regalado en la cruz, y que continuamente se actualiza en la Eucaristía. Ahora bien, la Iglesia solo será verdaderamente fecunda en su pesca si apoya su misión en la Palabra de Dios. Si es primeramente una iglesia que escucha y que como la Virgen María, acoge en su vida la palabra y la hace vida. Discípulos que apoyamos nuestra misión, no es nuestras capacidades, sino en la presencia del Señor resucitado en medio de nuestros afanes.

Decía San Juan de la Cruz que en el atardecer de la vida seremos juzgados en el amor. Ese fue el examen que le hizo Jesús a Pedro y es el examen que el Señor nos propone cada día. Pero tengamos en cuenta  que a la tarde no significa sólo al final de la vida, sino al final de cada día y de cada acontecimiento de nuestra caminar.

                                                                      Francisco Sáez Rozas

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