El cuarto domingo de Pascua es siempre el domingo del Buen Pastor. Una de las actitudes que me llaman más poderosamente la atención en Jesús es que cuando ensaña al pueblo, no lo hace utilizando discursos complicados, ni recurriendo a conceptos de difícil comprensión, sino que funda lo que quiere decir en imágenes tomadas de la vida cotidiana y asequibles a todos. Es lo que sucede en este domingo. Para adentrarnos en el misterio de su persona y de su misión, Jesús habla de sí mismo como el Buen Pastor.

Hablar de un pastor en una sociedad agrícola y ganadera era sugerente. Además, la imagen del pastor era tradicional en el Antiguo Testamento. Entenderse a sí mismo como un Pastor bueno era describir su misión con los mismos comportamientos que debían caracterizar a un Pastor:  conoce a los suyos, da la vida por ellos y nadie los arrebatará de su lado. Más que un programa, encontramos una descripción autobiográfica de la vida y de la misión del Señor. Él nos conoce, no se desentiende de nuestro camino, con sus soledades y con sus momentos de fatiga y cansancio. Y no solo nos conoce, sino que da la vida por nosotros para que en su entrega generosa nosotros encontremos vida en plenitud. El buen pastor conoce y ama hasta el extremo. Y este amor no es algo puntual, sino que se extiende en el tiempo. No solo nos amó como una acción que ya ha acabado sino que nos sigue amando, no va a dejar que nos arrebaten de su lado. Como buen pastor nos protege en el peligro.

Conocer, dar la vida y proteger son los verbos con los que el Evangelio de hoy dibujan la imagen del Pastor que es Jesús y su misión. Pero el evangelio también dirige una mirada hacia el rebaño, hacia los discípulos. ¿Cómo debe ser su relación con el Pastor? Y dice el evangelio que escuchan su voz y le siguen. En definitiva todo discípulo está llamado a seguir a su maestro, a tratar de "imitarlo" y reproducir su misma vida. Y esto no será posible si no le escuchamos, si no somos conscientes de todo lo que nos da y de aquello que nos pide. Tenemos necesidad de pastores que reproduzcan en su vida al Buen Pastor. Pastores que primero nos sintamos ovejas y que tengamos necesidad de oír su voz, de experimentar  su amor y sentirnos cobijados con sus manos de las nadie nos podrá arrebatar. Para después anunciar con gozo esta experiencia, no solo con palabras, sino con la propia vida.

No obstante, el detalle de mayor intimidad el evangelio lo reserva para el final. Termina Jesús afirmado su unidad profunda entre con el Padre:« El Padre y yo somos uno». El Buen Pastor no solo nos conoce y nos da la vida y protege, sino que además que nos hace participar de su realidad más profunda, de su intimidad de amor con el Padre.

                                                             Francisco Sáez Rozas                                                                               

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