El evangelio de este domingo nos sitúa en la última cena de Jesús con sus discípulos. Tras anunciarles que uno de ellos lo va a traicionar, Judas abandona el cenáculo. Los once discípulos, después de la institución de la eucaristía, han quedado impresionados y silenciosos. Observan el rostro de su maestro que en ese momento cita al profeta Zacarías “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas” (13,7). Entonces comprenden que, además de la muerte, el Señor ha de atravesar otro terrible desierto; el de la soledad. Es ahora cuando Jesús aprovecha para darles su ultima enseñanza hablada a sus discípulos. En aquella noche, terrible y asombrosa a la vez, Jesús  deja a sus discípulos su testamento. ¿En qué consiste?

En este momento el Señor les dice que va a manifestar la gloria de Dios. "Glorificar" en el Antiguo Testamento se refería a la manifestación poderosa de Dios en nuestra vida. Por tanto, cuando Jesús dice que va a manifestar la gloria de Dios es como decir que va mostrar todo su esplendor y poder. Seguramente todos esperarían que esto sucediera de forma grandiosa, pero paradójicamente su gloria, esto es, su más profunda identidad se manifiesta amando hasta el sufrimiento, entregando la vida en la cruz. A quienes buscan a Dios en lo espectacular y portentoso se les dice que su identidad, se muestra en lo pequeño, en lo frágil y quebradizo de la vida.

Y si su vida consistió en amar sin medida, su legado no puede ser otro. En este  testamento Jesús no va a hablar de leyes, no señalará el estatuto jurídico de la Iglesia, tampoco les inundará de recetas prácticas para su apostolado. Todo eso ha sido ya dicho a lo largo de su vida. Ahora, como el alfarero con el barro, trata de modelar sus almas. Y dice: «Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros. Como yo os he amado así también debéis amaros los unos a los otros. Por el amor que os tengáis los unos a los otros conocerán que sois discípulos míos» Este es el testamento de Jesús. Resume en pocas palabras todo cuanto les ha dicho en tres años de caminar juntos. La ley de los judíos enseñaba seiscientos trece mandamientos. Jesús impone solo uno. Y la novedad de ese amor es que es sin medidas, tal y como él nos ha amado. Debemos amarnos no con un amor cualquiera, sino con un amor como Jesús nos ha mostrado. Este amor no puede brotar solo del hombre. Un hombre no es capaz de amar así. Un amor tan intenso y de tal calidad solo puede venir de lo alto. No es fruto de un largo esfuerzo. Es mucho más.

Y dice el Señor “ En esto conocerán que sois discípulos míos” Y es que ese amor es el mejor testimonio de evangelización. Cuantas veces nos esforzamos, queriendo probar con argumentos y teorías nuestra fe, y olvidamos lo único que realmente muestra a los demás que el amor de Dios reside en nosotros: precisamente eso, el amor. Lo apasionante de seguir a Jesús es saber que aquello que sucedió hace tanto tiempo vuelve a suceder cuando por nuestra forma de amarnos reconocen que somos de Cristo, que somos Cristo.

                                                                        Francisco Sáez Rozas

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