No tuvo que ser fácil lo que Jesús vivió en la noche de su despedida. En aquel momento, tras cenar, Jesús mantiene una conversación con sus discípulos, en el aprovecha, sabiendo que se acerca el momento de su entrega, para transmitirles sus últimas enseñanza. Es la ocasión de dejarles su testamento. El centro de este testamento lo escuchábamos el domingo pasado: es necesario amar pues en el amor van a descubrir que verdaderamente somos testigos de la resurrección. El amor a los hermanos es, según San Juan, el termómetro que refleja la temperatura de nuestro amor al Señor.

Pero  ¿dónde comienza este amor? ¿es fruto de nuestros esfuerzos y capacidades? Jesús establece una vinculo muy estrecho entre el amor a Él y la fidelidad a su palabra. Quien me ama, guardará mis mandamientos, nos dice. No hay que entender aquí mandamientos como una serie de preceptos morales a cumplir, pues hace poco Él mismo nos ha hablado de un único mandamiento: el de amar como él lo hizo. Por tanto se refiere a la necesidad de querer vivir un compromiso y amor al que no se lo ponga límites y que debe estar presente en todo discípulos suyo.

Es un amor que no nos aleja del mundo, sino que nos sumerge más plenamente en él, en la tarea de testimoniar con el bien que hacemos que el Reino está ya presente. No es ésta una misión que dependa solo de nuestras fuerzas y cualidades. Comienza en la intimidad y en la escucha del Señor, de su Palabra. Solo en la oración y en el silencio vamos a percibir la hondura de su amor y vamos a encontrar la fuerza para vivirlo. Sobre el amor no se teoriza, sino que se experimenta. Para esta misión Jesús nos regala por una parte su Espíritu, Él será el que una y otra vez nos vaya iluminado, nos haga comprender sus palabra y saber hacerla vida, respondiendo a las necesidades de cada hombre y de cada época.

También, por otra parte  nos entrega su paz. Ésta no es solo la ausencia de guerras y tensiones, sino que implica una armonía interior con uno mismo, con los hermanos y con Dios,Indica positivamente bienestar, reposo, seguridad, éxito, gloria (Shalom). En pocas palabras, la paz que el Señor nos da expresa esa plenitud de vida a la que nos invita, y que según las promesas del Antiguo Testamento, formaría parte de los dones de los últimos tiempos.  Recibimos su paz, no para aislarnos del mundo refugiándonos en nuestra seguridad, sino para sabernos enviados a ese mundo desde la certeza de experimentar que Dios nos mira con la bondad y ternura.

Mayo es por excelencia el mes de María la Virgen. Ella es el mejor icono en el cual entender que significa de forma concreta  "el que me ama guardará mi palabra". Así pues, que ella nos enseñe y ayude a poder hacerlo vida.

                                                                      Francisco Sáez Rozas

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