Dice San León Magno en una de sus homilías acerca de la Ascensión del Señor que «Jesús bajando a los hombres, encarnándose, no se separó de su Padre, como ahora que vuelve al Padre, tampoco se alejará de sus discípulos. Él, cuando se hizo hombre, no perdió sus divinidad, ni su intimidad con el Padre (...).Ahora que regresa junto a su Padre para senta rse a su derecha (expresión que significa igualdad), no perderá tampoco su humanidad ni su comunión con los suyos». Es una forma bella para expresar lo que significa la solemnidad que este domingo celebramos.

Durante mucho tiempo popularmente hemos entendido la ascensión del Señor como una partida, casi como una despedida. La ascensión no significa una simple evasión o marcha de Jesús, más bien indica que Él comienza a estar de otra manera; el Señor inaugura una nueva forma de presencia en el mundo y un nuevo modo de ejercer su misión. Esta subida al Padre no significa un distanciamiento en la relación de Jesús con los hombres, no es un signo de su ausencia ni de despreocupación u olvido de los problemas del mundo. Por el contrario significa la presencia nueva y permanente del Resucitado en medio de su Iglesia. 

Por una parte la Ascensión supone la ratificación de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Esta fiesta de la ascensión de Jesucristo es para nosotros los cristianos la garantía de la victoria de Dios sobre el mal, sobre la muerte, sobre la mentira que impera en nuestra vida y en nuestro mundo. Dios nos hace comprender que todas estas realidades son caducas y quedan obsoletas frente al gran triunfo de Cristo nuestro Señor, aunque todavía su presencia condicione nuestra vida. Donde nos ha precedido Él, que nuestra cabeza, esperamos llegar nosotros.

Y mientras tanto, ¿qué nos toca nosotros? Desde luego no es momento de "estar plantados mirando al cielo". La ascensión no representa el final de la historia de Jesús, sino el punto de partida de la misión de la Iglesia. Nos toca ser testigos de su presencia resucitada. A nosotros hoy nos hace misioneros de su buena noticia, enseñando lo que hemos vivido, "lo que hemos visto y oído". Todo esto no es resultado de nuestras cualidades, sino de su presencia, que nos capacita más allá de nuestras dificultades, Él se ha comprometido con nosotros.

Esta solemnidad es, pues, una invitación a confiar en Dios y pedirle su luz para trabajar en este mundo por la paz y la unión de todos los hombres. La misión no se interrumpe; cambian las manos que la llevan hacia adelante y los labios que la anuncian, sabiendo que es su Presencia y Palabra la que nos sostiene y alienta. Mas allá de ser un misterio que nos aleja del mundo, no invita a sumergirnos en él siendo testigos de la salvación que Dios en Cristo nos ha regalado, no con las palabras, sino con la vida.

                                                                           Francisco Sáez Rozas

Pin It

BANNER02

728x90