El domingo pasado celebrábamos la Ascensión del Señor, fiesta que nos recordaba que la misión no se interrumpe, sino que cambian en cierta manera los protagonistas que la llevan adelante. La misión del la Iglesia consiste en prolongar la misma misión de Cristo, con los mismos sentimientos y actitudes. Pentecostés, que celebramos hoy,  nos dice cual es el fundamento y la garantía de esta misión; el Señor no nos deja huérfanos, nos regala su Espíritu, que en definitiva, es el verdadero protagonista y artífice de nuestro hacer. Si la misión del Señor comenzó recibiendo el Espíritu en el Jordán que lo declaraba su Hijo, la misión de la Iglesia comienza igualmente recibiendo el mismo Espíritu que la capacita para ser instrumento de la salvación de Dios para todos los hombres.

En el evangelio de hoy, el apóstol Juan cuenta que los discípulos estaban "con las puertas cerradas por miedo". Vivimos en un momento difícil para la fe; una época en la que parece que se quiere silenciar a Dios y recluirlo en el ámbito de lo privado. Muchas veces esta situación hace que hoy los cristianos estemos callados, por usar las palabras de Juan, "con las puertas cerradas". Pero así, no se puede escuchar lo que sucede en el mundo. El miedo, puede llegar a paralizar la evangelización.  Es verdad que humanamente somos más frágiles que en otras épocas y que sentimos la hostilidad y el rechazo de nuestro entorno. Por eso necesitamos más que nunca estar abiertos al Espíritu.

La venida del Espíritu, de la que nos habla Pentecostés, hace que los discípulos se lancen a anunciar la Buena Nueva a todos los pueblos; la salvación no tienen fronteras, no es solo para unos pocos, sino que se dirige a todos. El relato de Pentecostés del libro de Hechos anuncia  que todas las personas entienden la Buena Noticia, cada uno en su propia lengua. Si en Babel las diferentes lenguas dividieron a los hombres, Pentecostés nos sugiere que todas las personas pueden oír y entender  la Buena noticia de Jesús.

Es el espíritu quien nos convierte en testigos. Este es el estilo del evangelizador. Dar testimonio. La fe necesita acreditarse en la vida y es el testimonio el que, mediante la coherencia de vida con la fe que se profesa, realiza dicha acreditación. Esta coherencia, la del testigo, no es para un cristiano solo algo recomendable o deseable, sino una exigencia profunda y esto es así porque el cristianismo no es solo un sistema de pensamiento que pueda mostrarse con una enseñanza que no comprometa. Si el evangelio comporta una nueva forma de existencia, esta tendrá que verse en la vida de los que ya creen.

                                                              Francisco Sáez Rozas

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