Nos cuenta San Mateo la promesa de Jesús a sus discípulos antes de encomendarles la misión: Sabed que estaré cono vosotros todos los días, hasta el final.  Y esta promesa se concreta en el memorial de su amor y entrega; su presencia en la eucaristía. Hoy San Pablo nos recuerda esta tradición antiquísima que él recibió. En su última cena con los discípulos, el Señor nos dejó el memorial de su Pascua.

Toda la vida de Jesús consistió en acercar la misericordia de Dios a aquella humanidad que estaba al borde del camino de la vida. Con su milagros venia a decirles que para Dios eran únicos, por eso eran los primeros destinatarios de un amor capaz de transfórmales y curarles. Como dirá San Pedro, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos. Su vida fue una existencia partida por nosotros.  Y él va a condensar toda esa presencia en el pan. En aquella ultima cena Jesús toma el pan, el pan que tiene en las manos es su vida, una vida que se ha partido por los demás cada momento de su caminar. Pero además les quiere decir, y nos dice a todos, que cuando le veamos en la cruz no pensemos que se la están arrebañado. La cruz es la expresión suprema de aquel que la da por amor.

Este amor que se entrega en la cruz es el que recibimos cada vez que lo comulgamos. En nuestros altares Jesús sigue "partiéndose", entregándose para que todo el que lo reciba con fe se haga participe de todo el amor misericordioso que significa la cruz.  Por encima de todo, El corpus es la fiesta que nos hace presente el amor de Dios hecho salvación en Cristo y presente realmente en la vida de su iglesia. Pero a la vez, el Corpus nos anuncia que no podemos participamos con sentido en este amor, sino le reconocemos en el prójimo. Reconocer a Cristo en el sacramento de la Eucaristía es la mejor manera de limpiar nuestros ojos para reconocerle en el sacramento del hermano.

Por eso,  mirar a Jesús, contemplarle y adorarle no significa desatender la vida cotidiana. Sería una escusa torpe la de no amor al prójimo porque andamos "ocupados" en amar a Dios. Comulgar a Jesús no es posible sin comulgar a los hermanos. No son la misma comunión y sin embargo, no se pueden separar. Qué bien ha entendido esto la liturgia de la iglesia cuando hoy, fiesta del Corpus, nos presenta al mismo tiempo a los humildes y pobres en el día de la Caridad.

                                                                      Francisco Sáez Rozas

Pin It

728x90ES2

BANNER02

728x90