El Antiguo Testamento ya nos contaba como Dios invitaba a su pueblo a la santidad: "Sed Santos, pues yo vuestro Dios, soy santo".  San Lucas va a recoger estas palabras y va a traducir la santidad por misericordia cuando dice "sed misericordiosos, como yo soy misericordioso". La misericordia de Dios se ha hecho personal y conmovedoramente cercana en Jesucristo. Con sus palabras y sus gestos Jesús viene a decirnos que él actúa así, porque Dios es así, bueno con los pequeños, lleno de alegría por encontrar lo perdido, lleno de amor con el hijo extraviado, clemente con los desesperados y necesitados, comprometido con la vida... Son muchos los testimonios que encontramos en los evangelios que hablan de cómo el encuentro con la misericordia de Dios es capaz de transformar la vida. Una de ellos es el encuentro de Jesús con aquella viuda que rota se dispone a enterrar a su único hijo y que escuchamos este domingo.

Jesús, prefiere acercarse a esa humanidad que se halla “tirada” al borde del camino de la vida. La situación que nos presenta el evangelio no puede ser más dramática. Una pobre viuda que se dispone a enterrar a su único hijo. Es la expresión suprema del dolor creo yo. Al desgarro inmenso que supone a una madre perder a su hijo, se une la soledad profunda en la que ésta queda, pues es viuda y solo tiene ese hijo que acaba de perder. Aquella mujer, sin duda, representa como ninguna otra la experiencia profunda del dolor y de la soledad.

Sabemos que los relatos de los evangelios no se entretienen mucho en contarnos los detalles, no es su finalidad; y sin embargo en el de la viuda de Nain, San Lucas si es minucioso en describirnos como son las acciones de Jesús: se detuvo, tuvo compasión, se acercó al ataúd y lo tocó, le habló al muchacho, se lo entregó a la madre...Todo el relato nos muestra que, ante el sufrimiento humano, Jesús actúa movido por la misericordia y la bondad... Al tocar el féretro se hace impuro para la ley de los judíos, enseñándonos que ha venido a llevar a plenitud la ley; ésta no consiste en observar preceptos vacíos de contenido, sino en experimentar el amor de un Dios que se compromete a favor de la vida, y acercar ese mismo amor a los que sufren. La belleza de este pasaje radica en eso, en que Jesús mira al mundo y su sufrimiento con los ojos de Dios mostrándonos como es su corazón.

Dios no está lejos de nuestro caminar. Allí donde el dolor nos tambalea Dios está presente para acercarnos su misericordia. Y nos pide, que sepamos estar presentes en el dolor de los demás. Debemos preguntarnos si hemos descubierto ese nuevo mirar que brota del encuentro con el Señor y que nos hace contemplar la realidad con los mismos ojos con los que él la miraba: la caridad es contemplar al hombre con los mismos ojos con los que Jesucristo, el Señor, lo hacía.

Francisco Sáez Rozas

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