Como en otras ocasiones el evangelio de hoy nos presenta una escena habitual en la vida de Jesús: tras una dura jornada, el Señor se retira a un lugar tranquilo con sus discípulos. Y en este buscar momentos de paz y silencio, después de una ardua y complicada  jornada, encontramos  lo que debe ser la vida de cualquier discípulo, de toda vocación cristiana: contemplación y acción; esto es, hablar a los hombres de Dios y hablar a Dios de los hombres. En esta intimidad y silencio, el Señor les hace una pregunta que todo cristiano debe saber contestar en algún momento de su vida: Para ti, ¿quién soy yo?

No es una pregunta fácil, porque apela a la experiencia. Y  existe un riesgo a la hora de responder que es el de tener ideas sueltas sobre Cristo; conocer lo que otros dicen de él, lo que otros opinan. Así muchas veces nos hacemos repetidores de una idea de Jesús transmitida por otras personas o por los medios de comunicación, que nada nos dicen y que poco tiene que ver con el evangelio. El evangelio de hoy quiere corregir esta dinámica,  nos invita a tener una respuesta propia, a tener experiencia de Dios.

¿Cómo puedo encontrarme con Jesús? no hay otro sendero que  la oración,  el encuentro con el Señor en situaciones de dolor, en el silencio de la escucha de su Palabra, en la intimidad de la plegaría, en la contemplación de su presencia en la eucaristía y en el hermano. Algo de esto les sucedió a los discípulos. Jesús no se conforma con que ellos sepan lo que otros dicen. Quiere conocer sus experiencias, y Pedro, en nombre de todos responde: Tú eres el mesías. Es la respuesta del que va conociéndole día a día, recorriendo la vida con él y con los hermanos.

Pero hay algo que descoloca en todo esto, y es que a pesar de que Pedro ha contestado bien, Jesús le manda callar. Si ha respondido bien, ¿Por qué Pedro no puede pregonar a los cuatro vientos que Jesús es el mesías esperado por todos? Sin duda, Pedro esperaba al mesías, y en Jesús lo reconoce. Pero  esperaba un determinado tipo de mesías; alguien que actuará desde el poder y la grandeza. Jesús no se identifica con esa imagen. Su mesianismo se recorre de otra manera; no pasa por el triunfo sino el servicio, no es el del poder sino el del amor, no es el del éxito, sino el de la cruz, y por eso invitará a Pedro y a los discípulos a caminar con él para conocerlo..

Si el camino de Jesús fue el de la cruz, ¿Por qué lo pensamos nosotros de alfombras? Es una bella oportunidad la de este domingo para preguntarme quien es realmente Jesús en mi vida, y ver si puedo responder por mí mismo, porque recorro el camino del evangelio con él, o solo por lo que otros dicen. Es una buena oportunidad para pensar si el camino por el que le sigo quiere ser el del servicio y el amor.

                                                                      Francisco Sáez Rozas

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