A poco que miremos nuestro mundo, descubrimos en él muchos contrastes: por un lado contemplamos grandes gestos de solidaridad y compasión ante catástrofes de gran escala, y que ponen en marcha todo un movimiento de cercanía con tantos necesitados. Por otra parte, esta situación contrata con momentos en nuestra vida donde la prisa no nos deja mirar las necesidades más cercanas. Con todo, esto último no debe empañar la riqueza de lo primero. Tal es así, que se ha acuñado un calificativo para designar este compromiso: el voluntariado. Personas que, con gran generosidad, se comprometen y comprometen su vida por causas justas. Pero tiene un punto que lo hace débil, y es su caducidad. El voluntario no entrega toda su vida a la causa, sino un tramo de su vida.

La invitación que Jesús hace en el evangelio de hoy es distinta. Camino de Jerusalén, y por tres veces, invita a sus discípulos a seguirle con radicalidad. No es una llamada a un voluntariado, sino a algo que confirma toda la vida. "Seguir a Jesús" era una expresión que los discípulos aprendieron por los caminos de Galilea. Para ellos significaba no perder de vista a Jesús; en definitiva, se trataba de vivir como él, asumiendo sus mismas actitudes y acciones ante Dios y ante los hombres.

Ellos sabían que seguir al Señor era el corazón de la vida cristiana. Lo esencial. Por eso el evangelista San Lucas nos presenta en el evangelio de hoy tres escenas para que las comunidades que escucharan a Jesús desde su evangelio, tomaran conciencia de esta urgencia y necesidad. Jesús utiliza imágenes duras, exigentes. No le sirve la tibieza ni la comodidad. No busca más seguidores, si con esto tiene que bajar el nivel del seguimiento, busca discípulos comprometidos que le sigan, con sus fragilidades y pequeñeces, pero sin reservas.

En un momento de la vida de la iglesia en la que el Papa Francisco nos llama a ser "iglesia en salida", cercana a nuestro mundo, la palabra de Dios nos recuerda que esto solo era posible si lo hacemos, no desde nuestras convicciones y seguridades, sino siguiendo el camino que Jesús ha trazado, y que no pasa por el éxito humano sino por la cruz. Es un camino que nunca termina. La vida de todo discípulo es estar en camino; no es un rato como un voluntariado ante determinadas necesidades. Sino todo un proyecto de conformar nuestra vida con Él.

Seguir al Señor es mucho más que una mera asistencia a los hermanos en determinados momentos, existir como discípulos es mucho más que asistir como voluntarios.

                                                                  Francisco Sáez Rozas

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