Cuantas veces nos acercamos al evangelio y descubrimos pasajes de una ternura y de una bondad inmensa. Relatos de acciones o dichos de Jesús que nos reconfortan, nos llenan de paz y nos ungen. No obstante, otras veces encontramos textos en los que el Señor habla con una exigencia tal que sentimos la tentación de pasar de puntillas por ellos, a fin de  no sentirnos cuestionados, y buscar otros más "dulces", menos exigentes. Pues bien, la Palabra de Dios que escuchamos este domingo nos acerca a uno de esos evangelios que nos delatan fácilmente y nos cuestionan en nuestros principios.

En él descubrimos un administrador infiel; alguien que mediante artimañas y engaños  es capaz de solucionarse la vida: ¡y como extraña que Jesús alabe tal comportamiento! Con todo, más allá de esta primera impresión, hay que ser cautos y afinar en aquello que el Señor quiere proponer. No alaba la infidelidad sino la habilidad de aquel administrador.  Se trata de ser hábiles, fieles, en las cosas pequeñas de cada día; ahí es donde se forjan las grandes fidelidades. Y así lo dice el evangelio: "el que es de fiar en lo pequeño, también en lo  importante es de fiar" (Lc 16,10). Esto lo podríamos traducir algo así como que todo aquello que nos gustaría cambiar en nuestro mundo, es necesario empezar a cambiarlo en nuestro propia corazón, en nuestra propia realidad; en ese espacio de vida que día a día vamos labrando con nuestras relaciones.

¿Quién no se ha quejado alguna vez de como va nuestro mundo? la economía, la política, la pérdida de valores, la guerra, las injusticias...Y soñamos con un mundo distinto. Pues el Señor les dice a sus oyentes que no esperen a que ese mundo les caiga del cielo, sino que empieza más cerca de nosotros, de nuestras actitudes y opciones. Por eso la llamada de Jesús es nítida y directa. No podemos tener dos amos a quienes dar nuestro afecto. No se puede estar nadando y  guardando la ropa al mismo tiempo. O construimos el proyecto de Dios que busca el ser de las personas, o nos apuntamos a nuestro mundo que valora el tener.

La frase de Jesús “no podéis servir a Dios y al dinero” es tan concreta y lapidaria que no se puede interpretar de otra manera. La palabra “servir” implica siempre una dedicación. Claro que se puede servir por voluntad propia, pero en cualquier caso “servir” es ponerse a disposición de aquello o de aquel a quien se sirve. No se trata de ensalzar la pobreza. Dios no nos quiere míseros y necesitados. Se trata de no absolutizar lo material que siempre debe estar al servicio de la persona. Lo contrario, absolutizar el dinero sobre el hermano, cerrarse a la propia carne, sería caer en uno de la más terribles pecados que censuraron los profetas: la idolatría.

                                                                       Francisco Sáez Rozas                  

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