La parábola de ese domingo nos propone una pregunta de forma implícita: ¿ante quién quieres ser rico? ¿ante Dios o antes los hombres? Y el mismo evangelio nos responde diciendo que la riqueza ante Dios se mide, no en el tener y acumular, sino en la calidad del corazón; como dice el papa Francisco de poco sirve la riqueza en los bolsillos, si somos pobres ante Dios.

Una tentación fácil al leer esta parábola sería caer en la conclusión rápida de que no importa el sufrimiento actual, pues  seremos recompensados en la "otra vida". No es la intención afirmar que en el más allá sencillamente se va a producir una inversión de valores sin más. No se invita a la resignación, más bien se pretende asumir es que ahora es el momento de actuar, no podemos posponerlo. Y en esta vocación de servir no podemos absolutizar lo material. Jesús les dice a aquellos fariseos que le escuchan, que no es suficiente con saberse la teoría. Hay un modo de ser creyente que no es muy útil, saber muchas cosas de Dios y no vivir conforme a ellas. Al rico no se le "condena" porque haya ganado el dinero injustamente, o porque explote a sus empleados. Lo que está en juego es su despreocupación ante el sufrimiento del hermano. Y ¿de qué hermano  se trata? no ciertamente de uno lejano, sino de alguien tan cercano que está a su propia puerta.

En su exhortación Evangelii Gaudium el papa habla de la inequidad como "raíz de todos los problemas sociales". Con este término subraya la desigualdad que se da entre las personas como fruto de la injusticia que reina en las relaciones sociales. Todo esto favorece la aparición de lo que él llama la "cultura del descarte" que termina por excluir, o echar fuera a aquellos que sobran (EG 53). El papa ve el origen de todo esto en un sistema que niega la primacía del ser humano y adora al "nuevo becerro de oro" que no es otro que el dinero (EG 55). Junto con esto no se deben olvidar aquellas otras pobrezas que una sociedad científico y técnica no puede solucionar, el dolor, la soledad, la fragilidad de la persona, la enfermedad, la perdida de seres queridos...etc

Frente a esta realidad no finalidad del evangelio de este domingo proponer grandes planes, ni programas elaborados para hacer frente a la desigualdad y erradicar la pobreza en todo el mundo. Su propuesta es algo más sencilla y concreta. Acercarse al sufrimiento de las personas con quienes tropiezas y compartes cada día. Es ya típico recordar, pero me lo vais a permitir, aquellas palabras «no tenemos en nuestras manos las soluciones a  los problemas del mundo. Pero frente a los problemas del mundo tenemos nuestras manos. Cuando Dios venga nos mirará las manos».

                                                                      Francisco Sáez Rozas 

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