En el Evangelio que leemos este domingo, Jesús se dirige a sus discípulos, ya no habla con fariseos, sino con aquellos que le quieren seguir con fidelidad en el camino de la vida. Y habla de un tema tan fundamental como es la fe. Seguramente, después de escuchar a su maestro, ellos ven la desproporción tan abismal que existe entre lo que él les propone (amar sin excepción como reflejo del amor de Dios) y lo que, de hecho, ellos pueden dar. Lo bonito del evangelio es que los discípulos no se desaniman, ni ponen excusas para justificar su tibieza, ni se quejan de lo desmesurado de tal empresa, sino que hacen una de las oraciones-peticiones de mayor humildad y sencillez que podemos encontrar en los evangelios: “Señor auméntanos la fe”.

Porque lo importante no es la cantidad, sino la a autenticidad y la calidad de la fe. En su trato con el Señor descubren que la fe no es una postura superflua ni fingida, sino que es una adhesión de toda la persona. Mi fe determina mi forma de vivir. No hablamos de la fe solo como conocer muchas cosas del Señor, o de una fe para momentos de apuro y dificultad. Sino una fe que se hace vida en todo momento, suceda lo que suceda. Es la invitación del apóstol en la segunda lectura, al exhortarnos a reavivar el don de la gracia recibida para “tomar parte en los duros trabajos del Evangelio”. No se trata de ser solo cristiano de “escaparate” sino alguien que sabe que su vida va a ser cuestionada por su fe.

La palabra creer en hebreo, de donde procede nuestro amen, significa hacerse fuerte sobre Dios; por eso el que cree no se sabe solo. Claro está que solo siente la necesidad de Dios quien reconoce su debilidad. Por eso, una fe sin humildad no es posible. Todo lo que vengo reflexionado nos hace caer en la cuenta de algo que los discípulos vieron como evidente:La fe es un don. De ahí que ellos la pidan a Jesús. No es fruto de nuestro empeño, ni una conquista que se deba a nuestro esfuerzo. Sino que es una gracia que Dios regala a quien se la pide y la sabe acoger.

Así reconocemos que Dios es el protagonista de la historia de la salvación. Nosotros solo somos instrumentos en sus manos, somos servidores. Pero servidores a su estilo, que consiste en variar los valores de este mundo: el que quiera ser grande que se haga pequeño, y el que quiera ser el primero quese haga servidor de todos, a ejemplo de Jesús, que no ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida por todos.

Una fe que se hace vida, que se hace misericordia, esta es nuestra misión. Al final no podremos pasarle factura a Dios o querer cobrarle sueldo por haber hecho sencillamente lo que teníamos que hacer. Debemos amar, y no es correcto ponerle precio a lo que hemos recibido gratis. Si damos gloria a Dios y amor al hermano, no pidamos medallas. “somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 1710).

                                                    

                                                     Francisco Sáez Rozas 

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