En este año dedicado a la misericordia de Dios, y a hacer de ella experiencia personal y medio de evangelización, adquiere mayor relevancia el evangelio de este domingo que nos habla del encuentro del Señor con los diez leprosos, y que nos descubre como la misericordia se convierte en salvación. Jesús va camino de Jerusalén, y en este camino se encuentra con diez leprosos. La lepra era una enfermedad terrible y con terribles consecuencias para el que la padecía, no solo físicas, sino también morales y religiosas. Cuando alguien se contagiaba de lepra era expulsado enseguida de la ciudad. Se los excluía de la práctica del culto, la familia prescindía de ellos completamente, son el signo de la soledad por excelencia….  Su única esperanza era a nivel religioso, que pronto llegara el Mesías. Recordemos, en este sentido, las palabras de Jesús a los discípulos de Juan el Bautista, cuando fueron a preguntarle si él era el Mesías “id y decidle lo que estáis viendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios”(Lc 7,22).

De aquellos leprosos no se dice el nombre. Su significado va más allá. Ellos representan a una humanidad tirada al borde del camino de la vida, y que experimentan como nadie la soledad y el dolor. Representan el grito de todos los hombres que descubren sus necesidades y llaman a las puertas del misterio pidiendo auxilio. Nos representan a cada uno de nosotros en tantos momentos de la vida en los que, desde el sufrimiento, nos volvemos hacia Dios pidiéndole ayuda en la dificultad. Los leprosos le piden al Señor compasión, gritan que se conmueva ante su sufrimiento. Tal vez, aquel maestro que pasaba, si se conmovía, les daría algunas monedas o les lanzaría algo de comida. No esperan de él la acción maravillosa que realiza: la misericordia que puede cambiar para siempre sus vidas.

¿Cuál es la actitud de Jesús en esta escena? Él se para y los socorre. Frente a una humanidad que camina deprisa y no tiene tiempo, nos recuerda la necesidad de escuchar y atender al hermano. Así es Dios. Vuelve a aparecer como el samaritano bueno y solicito con el dolor cercano. Y le dice “levántate, vete; tu fe te ha salvado”. Es la fe la que ha hecho posible el milagro. Aunque a todos los trató con el mismo amor, solo uno ha sabido acoger ese amor en su vida.  La fe indica la confianza que se pone en Dios. La fe implica plantearse la vida desde la certeza de que estamos en sus manos. El verdadero milagro no consiste en la desaparición de la enfermedad. Para nueve leprosos ha habido una simple purificación de la lepra, pero solamente para uno de ellos se ha producido el milagro. Este leproso ha descubierto la presencia en su vida del Dios libertador. Este es el verdadero milagro.

En definitiva, como decía San Agustín, el misterio de la Encarnación no es otra cosa que un encuentro “personal” entre la misericordia de Dios en su Hijo y la debilidad, la pobreza y el pecado del hombre. Cuando el hombre se abre con fe desde su pequeñez, como aquel leproso, a la misericordia de Dios experimenta la salvación. A veces consideramos a Jesús como un buen maestro, y lo admiramos por su coherencia y autenticidad. Pero los cristianos no seguimos solo una doctrina, sino a Alguien vivo entre nosotros. Si nos falla el encuentro personal con Jesús habremos conocido una excelente moral, pero nos faltará la parte esencial: la amistad íntima con el Dios que nos ama. La fe es la capacidad de contemplar nuestra vida con los ojos de Dios. Para un creyente cualquier cosa que sucede en la vida es un milagro, un signo de la presencia cercana de Dios.

                                                             Francisco Sáez Rozas

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