En las últimas décadas ha sido muy recurrente contraponer una manera de vivir la fe que se ha calificado de "espiritual", y a la que se le colgaba la etiqueta de desencarnada, de aquella otra fe que es “activismo” y que parece proponer que lo realmente importante en el cristianismo es el compromiso social. Como si esta alternativa fuera posible sin mutilar o falsear en su misma raíz lo que significa ser discípulo del Señor. San Pablo insistía en que la "fe actúa por la caridad", fe y amor, oración y compromiso, espiritualidad y actividad, amor a Dios y al hermano nunca se pueden separar sencillamente porque no sería ser cristiano.

Jesús sabe que la caridad se alimenta en la fe, por eso insiste mucho en la urgencia de la intimidad con Dios, en la necesidad de la tan olvidada oración como encuentro personal con el Padre. Se trata de una enseñanza actual en una sociedad como la nuestra que se caracteriza por la inmediatez y en la que la oración parece que no sirve de nada. Posiblemente los discípulos tenían estas mismas reticencias, y se desanimaban. Por eso el maestro les propone esta enseñanza sobre la oración para explicar "como tenían que orar siempre sin desanimarse" (Lc 18,1). La parábola pone en relación a dos personajes anónimos que llaman la atención. De una parte un juez tremendo: "no temía ni a Dios ni le importaban los hombres" (Lc 18,2).

Junto a él hay una viuda. Conviene recordar que las viudas en Israel eran un colectivo sin derechos ni protección. La persona más indefensa pide ayuda al juez menos indicado. Al final la perseverancia de aquella mujer que suplica alcanza el objetivo que se propone que es que el juez la escuche. Y a partir de aquí Jesús da el salto para trasmitirnos la enseñanza: Dios no va a titubear en hacer justicia aquellos que, con una fe perseverante, se la imploran.

Ahora bien, la oración de la que Jesús habla no es aquella que se acuerda de Dios solo en los momentos de interés y necesidad, sino de la que brota de lo profundo de la persona. Eso sí, el ritmo de Dos no siempre es nuestro ritmo. La viuda representa un tipo de humanidad; aquella que sufre, aquella que, indefensa, tiene a Dios como "su escudo y baluarte".  Para estas personas la oración es un acto confianza en la misericordia de Dios que no es insensible a sus suplicas y necesidades. No es un acto de magia, sino de fe. Por Jesús se pregunta si encontrará esta fe confiada en nosotros.

                                                             Francisco Sáez Rozas

Pin It

BANNER01

728x90