NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO

La mayor dificultad de la parábola que nos relata el evangelio de hoy, es la felicitación  que el amo dirige a su administrador al conocer las rebajas que había hecho a los acreedores de sus deudas, para conseguir después que estos le ayudasen, una vez despedido por su mala gestión. Y el problema está en que da la impresión de que el propio Jesús parece sumarse a tal alabanza, pues lo pone como ejemplo para los hijos de la luz.

Pero el amo no aprueba la gestión anterior de su mayordomo al que precisamente despide por fraude, sino que alaba su previsión del futuro, queriendo granjearse amigos para los tiempos malos que se le avecinan. Cuando el Señor dice que  “los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz”, no es que esté aprobando la astucia del mal administrador. Lo dice como un reproche  a nuestra desidia y para hacernos reaccionar.

Es sorprendente la habilidad y la decisión con que actúan los sembradores del mal para alcanzar sus objetivos perversos. Los hijos de la luz deberían ser más astutos, más osados y más fecundos en la promoción del bien, porque el bien es más necesario. Esto es lo que desea Jesús cuando dice a sus discípulos: “Sed  astutos como las serpientes y sencillos como las palomas”

Por eso, aunque no podemos “servir a dos amos”. Sean Dios y el dinero, sí que podemos servir a Dios con nuestro dinero,  en la medida en que somos capaces de ahondar en esa talante que Jesús nos propone de generosidad y de compartir nuestros bienes. Y conforme nos vamos introduciendo en esa dinámica, nos vamos sintiendo más libres, y esa libertad nos ayuda a descubrir que nuestra auténtica riqueza es Dios mismo. Y ese convencimiento nos hace, a la vez,  más humanos y generosos, y así sucesivamente.

La frase de Jesús “no podéis servir a Dios y al dinero” es tan concreta y lapidaria que no se puede interpretar de otra manera: si sirves al dinero no puedes servir a Dios y si sirves a Dios no puedes servir al dinero. No se habla de usar, o de amar el dinero, o de amar a Dios; aquí se habla de servir a Dios o al dinero. La palabra “servir” implica siempre una dedicación; el que sirve está al servicio de aquello o aquel a quien sirve. El que sirve al dinero es de alguna manera esclavo del dinero. Claro que se puede servir por voluntad propia, libremente, pero en cualquier caso “servir” es ponerse a disposición de aquello o de aquel a quien se sirve. Si sirvo a Dios me pongo a disposición de Dios, si sirvo al dinero me pongo a disposición del dinero. Podemos y, en muchos casos debemos, tener dinero, preocuparnos por el dinero y apreciar el dinero. Pero en ningún caso podemos permitir que el dinero sea dueño y señor de nuestra voluntad y de nuestras acciones. Nuestro único señor es Dios y porque queremos que Dios sea nuestro único dueño, debemos ser siempre señores y nunca prisioneros del dinero.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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