Vuelve San Lucas a insistir otra vez este domingo en el tema de la oración. En el camino hacia Jerusalén Jesús propone una parábola para explicar a sus discípulos de donde nace la oración, y mira con especial interés a aquellos que “teniéndose por justos, se sentían seguro de si mismos y despreciaban a los demás” (Lc 18,9). Dos hombres entraron en el templo para orar. Uno era fariseo, el otro publicano. La importancia del templo radicaba en que representaba, de un modo visible, la presencia misma de Dios en medio de su pueblo. Y Jesús pone especial interés en que nos fijemos en cómo era la actitud de uno y otro al saberse ante Dios.

La actitud del fariseo se caracteriza por su autosuficiencia que engendra orgullo e impide la humildad. Un orgullo que le hace incapaz de mirarse a sí mismo y descubrir su pecado. Le es más fácil y menos doloroso mirar a los demás, y después de juzgarlos, se engrandece de todo los que hace: “ayuno dos veces por semana, pago los diezmos...”. Parece que todo lo hace bien, así que Dios no tiene más remedio que premiarlo.  Como si él, con su sola fuerza, y sin la ayuda de Dios, pudiera lograr la perfección.

La actitud del publicano es bien distinta. Él es alguien que no forma parte de la lista de los buenos. Y al igual que otras veces, Jesús lo propone como ejemplo, para que aparezca de forma más nítida que la gracia puede transformar la debilidad y el pecado. Aquel publicano ni se sentía justo ante Dios ni despreciaba a nadie. Solo pronunciaba una frase “Oh Dios, ten compasión de este pecador” (Lc 18,13). Una oración sencilla, pero profunda, muchas veces repetida por tantas personas que en su vida de oscuridad y error han comenzado a experimentar que la gracia y el perdón son regalo de Dios y nunca conquista del hombre.

Y es que cuando hacemos depender todo de nosotros mismos nos convertimos en autosuficientes y nos cerramos a la posibilidad de que Dios nos vaya modelando según su voluntad. Quizás creemos que podemos todo. Solo cuando aceptamos nuestra pequeñez y debilidad podemos ver más allá de nosotros mismos. Tratar de amistad con quien nos ama, como decía Santa Teresa, es reconocer que solo Dios es Salvador y nosotros unos pobres pecadores a los que se nos regala la gracia de volverá a empezar siempre.

                                                                      Francisco Sáez Rozas                                                

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