La liturgia de la Palabra de este domingo nos vuelve a presentar una escena donde Jesús nuevamente aparece practicando aquella actitud que tanto irritaba a los fariseos de su época: la misericordia. Él la muestra, no como un derecho adquirido por nadie, ni siquiera por los profesionales de la religión hebrea, sino como un don que Dios concede a todos, porque todos pueden ser “hijos de Abraham” (Lc 19,9). En el evangelio distinguimos tres personas que nos van a ayudar a profundizar en su enseñanza: ¿Cómo es Zaqueo?, ¿Cuál es la actitud de la gente? ¿Cómo actúa Jesús? Vamos a fijarnos en ellos.

Zaqueo era un publicano. Su trabajo era cobrar los impuestos. Normalmente el impuesto era algo realmente duro ya que se exigía mucho más de lo que una persona podía pagar. Sabiendo que Jesús va a pasar por Jericó, intenta verlo. «Querer ver a Jesús» es este el primer paso en el camino de encuentro con el Señor: “Tu rostro buscaré Señor. Y Zaqueo se pone en camino.

Pero el evangelio continúa diciendo que la gente le impedía ver a Jesús. La gente no solo significa un grupo de personas, también expresa lo que piensa la gente. La vida de Zaqueo estaba ya juzgada; él se enriquecía cobrando impuestos y sus conciudadanos lo temían y odiaban: no era posible cambiar nada, era un pecador y estaba ya juzgado. La opinión de la gente hace de Zaqueo un hombre pequeño para siempre. Todos somos imagen de Dios, pero, a veces, cuando se nos juzga y condena se nos hace pequeños, sobre todo si nadie nunca nos ha valorado en aquello que realmente somos: Hijos de Dios.

Y ¿Cómo actúa Jesús? San Lucas dice que “levantó la vista …y le dijo: baja enseguida porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Que importante es la mirada de Dios. Una vez más Jesús enseña que él no ha venido a buscar el aplauso fácil sino a “buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,20). Por eso se pone en evidencia que los planes de Dios no tienen nada que ver con los cálculos y estrategias de los hombres. En aquella sociedad ya se había hecho un elenco de los buenos, distinto de los que no. Jesús rompe esta lista. Es la gente perdida, los pecadores que no contaban como Zaqueo, los que él ha venido a buscar.

La crítica y el juicio de sus conciudadanos no sirvieron para cambiar a Zaqueo. Fue suficiente una mirada distinta en su vida, que alguien se le acercara con amor y lo llamara por su nombre. Jesús no lo juzga, no le echa más tierra encima, no se limita exclusivamente a denunciar la oscuridad de su vida, sino a poner luz en ella. Zaqueo se ha encontrado con Jesús el Señor. El cobrador de impuestos sabe que, a partir de ahora, su vida ha de ser semejante a la de su verdadero Señor. La vida compartida, la humildad, el servicio permitirán a Zaqueo verter en el corazón de sus hermanos (por eso reparte sus bienes) la misericordia que él mismo ha recibido gratuitamente de Jesús.

Francisco Sáez Rozas 

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