El año litúrgico va llegando a su final, por ello las lecturas de estos tres domingos nos hacen fijar la mirada en la meta hacia la que caminamos. Este domingo nos encontramos un dialogo de Jesús con un grupo de saduceos, en el que Jesús afirma la Vida: la Resurrección se funda en el poder de un Dios que es Dios de vivos, “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”. Es un relato importante porque nos hace escuchar de labios del propio Jesús su confianza profunda en el poder vivificante de Dios, capaz de restaurar la vida. El hecho mismo de que esta pregunta se le formule a Jesús tan cerca del momento de su muerte nos indica que él mismo ha recorrido su vida con esta certeza de saber que la cruz y la muerte no tiene la última palabra. Es toda una invitación a confiar en Dios, incluso cuando el camino es doloroso, porque Dios es un Dios de la vida, cuyo poder supera la muerte.

San Pablo nos dice que nuestra propia resurrección está indisolublemente unida a la resurrección de Cristo. La resurrección de Jesús no es sólo un acontecimiento del pasado. Es una realidad del presente y del futuro. Él está vivo hoy en todas partes. Enseña, libera, humaniza y fortalece. Ejerce una poderosa influencia sobre muchísimos corazones. Su resurrección no le separa de la historia, sino que le introduce en ella de una nueva forma; y los creyentes en el Resucitado debemos vivir ya en proceso de resurrección.

Afirmar la resurrección no es, pues, refugiarse en un futuro que me evade de mis responsabilidades con el presente. Creer en la vida en plenitud conlleva el esfuerzo de trabajar por la vida, especialmente aquella que se siente más débil e indefensa. Bajo ningún concepto puede ser alienante. Es paso de formas de muerte a formas de vida. Es luchar por hombres nuevos y un mundo nuevo, con renovadas esperanzas, a pesar de las dificultades, pues el fin de toda esclavitud del pecado está ya decretado por Dios en la resurrección de Cristo. Vivir la misericordia, ayudar a dialogar, superar una crisis, madurar en la fe... Todo trabajo de servicio bien realizado, todo nuevo paso en la construcción de la verdad, la justicia y la libertad, todo amor auténtico, constituyen un reflejo aquí y ahora de nuestra esperanza en Dios.

Desde los primeros tiempos los cristianos vibraron enaltecidos con el triunfo de Cristo resucitado. Y la fuerza del Resucitado la sintieron viva dentro de ellos. Ya no eran los mismos de antes. Ojalá que esa misma fe en un Dios de vivos ilumine y aliente en la esperanza nuestro caminar.

Francisco Sáez Rozas

Pin It

BANNER02

728x90