Es paradójico que cuando la liturgia proclama solemnemente que Jesús es Rey, nuestra mirada se encuentre, una vez más, con la cruz. Pero no es casual. Nadie mejor que ella nos enseña cómo es Rey y en qué consiste su reinado. Jesús había venido en el nombre de Dios. Su presencia colmaba las esperanzas de aquel pueblo que, cansado y herido, aguardaba la salvación del Mesías. Su vida y palabra respondían a este anhelo inscrito en lo profundo de su alma. Sin embargo, sus expectativas no coincidían con la oferta de salvación de aquel “extraño” Mesías. Un Mesías-Rey que no sigue el camino del poder, sino del servicio y del perdón. Y cómo no se amoldaba sus deseos, se fueron desanimando, hasta dejarlo solo. «¿Dónde está rey tu reinado? Y ¿Dónde tus discípulos? […] ¿cómo se presenta así el rey de los judíos, se entretiene con niños, atiende a pobres y enfermos, se detiene con toda clase de pecadores, y pone en solfa nuestras leyes?» (J. Sanz Montes, Palabra de Vida que enciende el corazón (Madrid 2015). 213). Así es Dios, y así es su Reinado.

Pero no todos se fueron. Al pie de la cruz, junto a su madre y las mujeres se apuntó alguien a última hora; aquel ladrón que, con una confianza total, se abandona en la misericordia de su Rey: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (Lc 23,42).  No se sabe que admirar más; si la sencillez de sus palabras, si su ausencia de ambiciones o si su profunda fe. Jesucristo no es indiferente a la humildad y fe sincera de aquel hombre: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ofrece al ladrón mucho más de la que pedía: Hoy, que prontitud; en el paraíso, que descanso; conmigo, que compañía. En rigor, Cristo no hace otra cosa que cumplir lo que tantas veces había anunciado: “A quien me confiese ante los hombres lo confesaré yo ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10,32). El auténtico premio que Jesús otorga al buen ladrón no es el paraíso, sino el estar “conmigo”.

Y esa salvación no es para un futuro lejano; es “hoy”. Jesús se presenta en la cruz como el único que es capaz de abrir las puertas y hacer entrar a la humanidad en la comunión plena con Dios. Su camino no es el de la fuerza y el poder, sino el del servicio y el amor. Su trono es la cruz. Una cruz que nos anuncia que en Cristo se da un cambio de valores. Se inauguran los valores del reino, tantas veces anunciados por Jesús en sus parábolas. Ahora, el primer salvado es un bandolero arrepentido. En aquel buen ladrón había algo que salva: apertura de corazón y búsqueda de Dios, humildad y fe. En definitiva; había mucho amor.

                                                               Francisco Sáez Rozas

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