Dios padre ama y perdona a sus hijos

         El perdón divino es el tema de las tres lecturas, en la primera Dios perdona a Israel por intercesión de Moisés, en la segunda Pablo se presenta como pecador perdonado, en la tercera las tres parábolas de la misericordia coinciden en presentar a Dios como el que perdona con alegría.

         Un padre de familia quiere a sus hijos, les desea lo mejor y les ofrece los medios adecuados. Si un hijo ya mayor va por caminos torcidos (droga...), tendrá que respetar su libertad, pero no estará de acuerdo con el camino errado y hará lo que esté de su parte para hacer que lo deje; sufrirá por la situación negativa y no por un capricho sino porque su hijo se está destruyendo. Y si el hijo deja el camino negativo, gozará enormemente toda la familia... Si esto sucede a los padres terrenos, infinitamente más a Dios.  

         Dios es amor, fuerza infinita de entrega para hacerlos partícipes de su felicidad. Lo único que “sabe hacer” es amar. Por ello se ha revelado como padre, el que da la vida a la humanidad, la cuida, desea que se desarrolle y comparta su felicidad. Y no se ha contentado con darnos la vida humana y hacernos seres supremos de la creación, dotados de inteligencia y voluntad, sino que ha querido elevarnos a participar de una manera especial su vida divina, haciéndonos hijos suyos, partícipes de la filiación de su Hijo, Jesús. Pero este último paso no nos lo ha impuesto, sino ofrecido, porque implica amor y el amor libertad. El amor solo es posible cuando es libre.  Dios ofrece a los pobres mortales hacerlos hijos suyos, estableciendo con ellos una relación de amor, paterno-filial, con la que podrán superar la mortalidad y compartir la felicidad divina. Hay personas que aceptan libremente ser hijos de Dios, hay quiénes lo rechazan; entre los que aceptan hay quiénes son fieles, hay quienes son infieles. Como Dios padre es amor, quiere que todos acepten y sale constantemente a nuestro encuentro buscando que respondamos. Y esto lo hace especialmente con el hijo pecador. Respeta la libertad del hijo menor de la parábola, deja que abandone la casa y se pierda, pero nunca lo olvida y lo espera constantemente. Por ello, cuando regresa, se le conmueven las entrañas y lo acoge, le devuelve sus vestidos propios de hijo y le pone el anillo que lo identifica como miembro de su familia. Nunca dejó de mirar al pecador como hijo y su regreso es causa de una gran alegría. La alegría humana es un reflejo de la alegría divina, expresión de infinito bienestar. Dios nos ama y se alegra cuando volvemos a él, amándolo como padre.

         Por otra parte el pecador. Necesitamos evangelizar el concepto de  pecado. Pecado no es una prohibición, fruto de un capricho o arbitrariedad divina. Una acción es pecaminosa porque destruye la vida filial. Cuando nacemos cortan el cordón umbilical que nos une a nuestra madre, pero cuando nacemos a la vida filial divina ese cordón no se puede cortar, pues la vida divina es dinámica, constantemente fluye de Dios a nosotros. Pero hay acciones que lo pueden romper. Es lo que llamamos pecado mortal, porque mata en nosotros la vida divina; otras acciones, pecados veniales, son como el colesterol, que no rompen el cordón umbilical, pero lo estrechan con lo que disminuye el flujo de sangre y languidece la vida filial y fraternal. En ambos casos se habla de pecado porque es un daño que nos hacemos. Por ello, cuando Dios nos invita a la conversión, es porque nos estamos haciendo daño y quiere para nosotros la plenitud de la vida. La invitación a la conversión es una invitación a la vida y a la alegría.

         Finalmente tenemos el hermano mayor, que siempre ha estado en la casa y ha hecho lo que el Padre le ha mandado, pero se niega a reconocer al pecador como hermano y a compartir el banquete de su regreso. Es verdad que ha hecho lo que el padre le ha mandado, pero no comparte el corazón del padre y peca contra su hermano, al negarse a reconocerlo como tal. Por ello el padre le recuerda, que a pesar de sus pecados, el menor no ha dejado de ser su hermano y que debe acogerlo como tal compartiendo el banquete. El padre los quiere a todos en casa. Jesús pensaba en los escribas fariseos, que lo criticaban (Lc 15,1-2)  y la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha visto en él a los cristianos intransigentes y puritanos, que se niegan a acoger a sus hermanos pecadores (montanistas, donatistas... y los grupos puritanos actuales tanto conservadores como progresistas). ¿Entra o no entra el mayor al banquete?. La parábola no lo dice. Jesús la deja abierta para que responda cada uno viendo su postura ante el hermano pecador. El único banquete que celebra Dios Padre es el banquete del perdón, porque todos somos pecadores y necesitados de salvación. El menor pecó contra su padre, el mayor contra su hermano. Es más fácil que acuda  el hijo menor que el mayor.

         La Eucaristía es un adelanto sacramental del banquete que ofrece el Padre a todos sus hijos por medio de Jesús. El único ·billete” para entrar y participar es la conversión. Por ello comenzamos reconociendo nuestros pecados contra Dios y contra los hermanos. El Padre nos acoge con alegría, igual que los padres humanos cuando ven a sus hijos sentados en torno a la mesa, creciendo sanos y alegres.

Primera lectura: Ez 37,1-11.13-14: El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado

Salmo Responsorial: Sal 50,3-4.12-13.17.19: Me pondré en camino donde está mi padre

Segunda lectura: 1 Tim 1,12-17: Cristo vino para salvar a los pecadores

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15,1-32: Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se arrepienta.

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