EL QUE SE HUMILLE, SERÁ ENSALZADO

El Evangelio de hoy coloca a Jesús en una situación que podríamos llamar “comprometida”. Es sábado, día de descanso judío, ha entrado en casa de un fariseo y se ha sentado a la mesa con él, además no es un fariseo cualquiera, sino “uno de los principales”, dice el Evangelio. Además es una “comida-trampa” porque le están espiando a ver cómo actúa para después echárselo en cara. Y con todo esto, Jesús no se acobarda, sino que aprovecha la situación para hacer catequesis: una sobre la vanidad y la humildad, y sobre la gratuidad.

La naturaleza humana tiende a engrandecerse y a vanagloriarse de sus propios éxitos, eso nos pasa a todos. Pero la sabiduría de la vida, y de la Palabra de Dios, nos orienta más bien hacia el camino de la humildad. Jesús veía que todos se peleaban por ocupar los primeros puestos y les habla de una subversión de valores: “El que quiera ser primero que se ponga a servir”. El Reino que El proclama ha sido dado a los más pequeños, a los más humildes, estos que son los últimos. Porque la humildad es sencillez de corazón, como la sencillez de Dios que estando en todas partes no se hace notar y teniendo todo derecho a los mejores puestos no los discute con nadie. Sencillez como la del Señor Jesús, que como dice la segunda lectura, no necesitó presentarse con truenos, terremotos ni fuegos, sino que fue uno más pasando desapercibido entre sus paisanos.

Pero, a ejemplo del Señor,  hay que tener muy claro cuál es la verdadera y cual la falsa humildad. Santa Teresa de Jesús decía que la humildad es la verdad. No es desaparecer de escena por miedo a ser visto, es estar y actuar sin llamar la atención, como el aire, que esta y estando nos da vida. Es como la luz del Sol que  no llama nuestra atención hacia ella sino hacia los paisajes que ilumina y las plantas y seres a los que da vida. Si el Sol quisiera ser centro de las miradas, nos dejaría a todos ciegos.

Humildad es la verdad ante Dios, lo que soy ante el Señor eso soy ni más ni tampoco menos, no las condecoraciones que me ponga, ni los títulos que me haga llamar,  ni joyas, ni palacios, ni coches hará cambiar que lo que soy ante Dios. Tampoco todas las calumnias que se digan de mí, todas las malas jugadas que me hagan, nada me hará ser menos de lo que soy ante Dios.

Lo que soy, eso soy,  ni más ni menos. Los grandes inconvenientes y obstáculos que existen entre el hombre y Dios, entre la humanidad y Dios, es el empeño por parte del humano de ser arrogante, seguro de sí mismo prescindiendo de toda ley divina y dejándose llevar exclusivamente por las de turno. Sólo una sociedad, consciente de sus errores, sin pretender ser una diosa…..podrá tener futuro.

 

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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