María, signo de esperanza. Se puso en camino de prisa a la montaña

         La segunda lectura ofrece el marco teológico de la presente celebración. Cristo ha resucitado y nos ha capacitado para seguir su camino y resucitar con él: Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto. Y María ha ocupado un puesto especial, porque estuvo unida a Jesús y a su obra de una manera especial. Por ello hoy celebramos que ya comparte plenamente la gloria de la resurrección con su hijo, Jesús. Por ello igualmente es para nosotros un signo de esperanza de que también llegaremos a esta meta gloriosa, en que satisfaremos todos nuestros anhelos de felicidad. La primera lectura presenta una mujer glorificada, que representa el triunfo final de la Iglesia, que hace presente a Jesús en medio de persecuciones. En María, como miembro especial de la Iglesia, se hace realidad esta imagen de una manera singular.

         La asunción de María es paralela a la ascensión de Jesús. Él subió con su humanidad a la gloria por su propio poder divino como meta final de un camino salvador que comenzó en Galilea (Lc 9,51) y culminó en su exaltación, ella fue subida porque recorrió como discípula el camino salvador abierto por Jesús, cuyo final es compartir su gloria. Al igual que la meta de Jesús no fue un acto aislado, puntual, sino la culminación de toda una vida consagrada a hacer la voluntad del Padre, sirviendo a sus hermanos los hombres, así la meta de María fue la coronación de toda una vida haciendo la voluntad de Dios en el seguimiento de Jesús.

         El Evangelio de hoy ofrece un momento de esta vida, que refleja de forma ejemplar lo que fue toda su existencia: se entera de la gravidez de Isabel y se puso en camino de prisa a la montaña. Hay que recorrer el camino abierto por Jesús y que conduce a la meta y hay que hacerlo de prisa, animosos, con los cinco sentidos en la tarea. Es un camino a la montaña, al lugar de Dios, que, por una parte, es Calvario y, por otra, glorificación. Es un camino de servicio, visita a Isabel para servirla durante este tiempo hasta el nacimiento de su hijo, una tarea aparentemente “profana”, pues el servicio a Dios se realiza sirviendo a los hermanos en las tareas de este mundo. Finalmente recorre el camino con dos pies, la fe y la oración.

         María es la creyente. Acepta el anuncio del ángel: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. ¿Y qué pasó? No notó nada, pero creyó y se puso en camino. La fe es oscura, pero Dios ofrece rayos de luz y, en este caso, por medio de Isabel, que la bendice como madre de su Señor y como creyente. Así se entera que realmente ha concebido. Por otra parte, María es la orante, que responde a la bendición de Isabel, bendiciendo a Dios, causa de toda bendición. El Magnificat no es un canto a María sino un canto de María a Dios, en que nos enseña los rasgos de la oración del discípulo: ha de ser humilde, propia de la persona que se siente salvada; ha de ser  agradecida por los beneficios recibidos; ha de ser desinteresada, centrada en la alabanza de Dios fiel y misericordioso; ha de ser confiada, expresión de la fe en Dios fiel, para quien nada es imposible y que revoluciona las situaciones humanamente imposibles.

         En medio del verano María, madre y modelo, anima la esperanza de los que vamos caminando hacia la meta.

         En la Eucaristía se hace sacramentalmente presente la meta, Jesús resucitado viene a nuestro encuentro y nos alimenta para seguir caminando.  Por él damos gracias al Padre que nos eligió antes de la creación del mundo para que seamos santos e inmaculados en el amor (Ef 1,4) y nos ha dado a María como madre y modelo.

Primera lectura: Ap 11,19a.12,1-6a.10ab: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal.

Salmo responsorial: Sal 44,l0bc.11-12ab.16: De pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de ofir.

Segunda lectura: 1Co 15,20-27: Primero Cristo como primicia, después todos los que son de Cristo.

Evangelio: Lc 1,39-56: María se puso en camino… El Poderoso ha hecho otras obras grandes por mí; enaltece a los humildes.

 

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