En el fragmento evangélico del domingo pasado, Jesús nos invitaba a cambiar nuestra actitud vital; debemos vivir la vida sin que se nos escape de entre las manos mientras buscamos la manera de tener más cosas. Hoy, Jesús da un paso más y nos llama a revisar nuestra actitud respecto a la relación con los demás. Así, se completa la enseñanza de Cristo sobre la manera nueva de entender la vida.

Generalmente, incluso de manera inconsciente, entendemos nuestra relación con los demás como si fuese una relación comercial. Sí, parece una afirmación demasiado desencarnada, pero si somos sinceros con nosotros mismos, podremos darnos cuenta que dividimos a las personas en tres categorías: las personas que «amo» son aquellas de las que he recibido cosas positivas, por eso, yo les doy cosas positivas. Las que «odio» son aquellas personas de las que no he recibido lo que esperaba o creo merecer, por tanto, les pago con la misma moneda. Las «indiferentes», la gran mayoría, son aquellas con las que no mantengo trato, por tanto, no he recibido nada y no les doy nada. Como se puede ver, entendemos la relación con los demás como un trato: doy para que me den y solo doy a los que me dan.

La propuesta de Jesús consiste en romper esta dinámica. En primer lugar, según Jesús, no pueden existir personas del grupo «indiferente». Para los discípulos de Cristo, cada ser humano es importante porque, igual que yo, es hijo de Dios. En segundo lugar, la relación con los demás no puede medirse en clave mercantil, porque lo específico del cristiano es estar un paso por delante, esto es, amar, dar, ofrecer… sin desear ni esperar nada a cambio. Dándonos más de lo que podamos recibir. Hasta aquí, puede parecernos que, aunque exigente, la propuesta de Jesús es asumible. Sin embargo, el problema realmente serio se plantea cuando llegamos al grupo de las personas a las que «odio». Jesús no se conforma con que amemos a los que nos aman o a los que nos son indiferentes, sino que hemos de amar, de la misma manera, a aquellos cuya presencia es causa de dolor y malestar en mi vida. Pero este es el cambio fundamental que Jesús pide. Ser cristiano exige comprender la relación con los demás no solo desde la gratuidad, sino estando dispuesto a que me «quiten» lo que considero esencial para mi vida. Jesús nos pide que vayamos más allá del amor en forma humana, nos invita a amar en la forma divina; perdonando. Esta es la manera en que Jesús nos pide que recorramos la vida. Así, viviremos a su manera.

Victoriano Montoya Villegas

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