ANDA Y HAZ TÚ LO MISMO

Hay cuestiones en la vida que, sin duda, tienen una importancia decisiva para el hombre. Pero de entre todas esas cuestiones hay una que sobresale por su trascendencia sobre todas las demás: la salvación eterna. Todos buscamos la vida, todos queremos vivir para siempre, todos deseamos la vida eterna.

Esa era la cuestión que le preocupaba al letrado del relato  evangélico de hoy: “Maestro. ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?”.  Su pregunta refleja la actitud de aquellos que quieren vivir su fe con la ley del mínimo esfuerzo, con lo estrictamente necesario: ¿qué tengo que cumplir? ¿hasta dónde llegan mis obligaciones?

Por eso Jesús le devuelve la pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley?” La respuesta está en la Ley, que el letrado bien debía conocer: Amar a Dios y al prójimo como a ti mismo.

Lo de amar a Dios estaba muy claro para el maestro de la Ley, su duda era cómo había que entender eso de amar al prójimo. Porque para él, como buen judío, estaba claro que los judíos sí eran sus prójimos –próximos-, pero… ¿y los que no eran judíos?

La respuesta de Jesús es contundente: es prójimo cualquier persona que necesita ayuda, y se comporta como prójimo el que practica la misericordia con cualquier persona necesitada.

No fue prójimo el judío-sacerdote de la parábola que bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo, no fue prójimo el judío-levita que llegó a aquel sitio y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo, sí fue prójimo el samaritano (del pueblo enemigo para los judíos)  que iba de viaje y al ver al herido le dio lástima, se le acercó y le vendó las heridas.

Este samaritano no era “practicante” de la Ley judía porque no iba al templo de Jerusalén, pero sí se portó como un auténtico discípulo de Cristo, porque amó al prójimo y, por eso, hizo lo que tenía que hacer para heredar la vida eterna. El que haga lo mismo que él, dijo Cristo, vivirá. Porque aquel samaritano, ante la dolorosa realidad de a malherido del camino, tuvo amor en los ojos: Miró lo que otros, los administradores de una santidad oficial, pasaron por alto. Igualmente se dejó conmover, contra ese mecanismo que activamos frente al dolor ajeno. Tuvo amor en los pies: Se acercó al herido, sin prejuicios. Y también tuvo amor en las manos: Le vendó las heridas, vertiendo en ellas aceite y vino, como enseñaban los recetarios de entonces.

“Anda y haz tú lo mismo”, dijo Jesús al letrado.   Esta frase la deberíamos tener presente en nuestra mente y en nuestro corazón a lo largo de todos los días. “Haz tú lo mismo”: esta sola frase es capaz de fraguar un mundo nuevo y mejor para toda la humanidad. El evangelio repite mucho la palabra "hacer"; y es que el evangelio de Jesús, además de ser el libro del ‘saber’, es el libro de ‘hacer’ el bien, de ser prójimo de todos.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal


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