La casa del  fariseo Simón, a donde no podía llegar nada impuro, quedó aquel día contaminada por esa mujer, conocida por todos “como una pecadora”. Los invitados se sorprenden aún más cuando la intrusa, “con un frasco de perfume y colocándose detrás, junto a los pies del Señor, llorando, se pone a regarle los pies con sus lágrimas. Los cubría de besos y se los ungía con el perfume”. Como si la escena no fuera lo suficientemente escandalosa, el evangelista añade que la mujer “le enjugaba a Jesús los pies con sus cabellos”. Toda mujer judía guardaba cubierta la cabeza. Sólo las prostitutas soltaban sus cabellos para seducir a los clientes.

Los invitados están atónitos. Dejarse rozar apenas por una de estas mujeres volvía a un hombre impuro, es decir inhabilitado para relacionarse con Dios, bien en la oración, bien en la celebración. Y los rabinos prescribían que, ante una prostituta, había que mantenerse a la distancia de dos metros.


Peo Jesús no rechaza los gestos de la mujer. ¿Por qué no le reprocha? Para los comensales queda claro entonces que su huésped no es ningún profeta. De serlo “sabría quién esa mujer que lo está tocando y qué clase de mujer”

La visión farisaica se opone diametralmente a la del Jesús: Ellos juzgan a la mujer desde una actitud legalista. Jesús, sin embargo,  la mira desde el amor de Dios, que lo ha enviado no a condenar, sino a “buscar lo que estaba perdido”.

Aquella mujer actúa así – aclara Jesús-  porque ama mucho y Jesús, por eso,  le perdona todos sus pecados: sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama. La pecadora actuó por amor; el amor produjo perdón; el perdón engendró más amor. Así suele ocurrir habitualmente en nuestra vida diaria.

El perdón y el amor son como las dos caras de una misma moneda, el perdón es la cara humilde del amor. Si amamos de verdad a los que nos han ofendido, el perdón caerá espontáneamente de nuestro corazón, como fruta madura que se ofrece, generosa, al amigo. Y si amamos de verdad al que hemos ofendido, la palabra “perdón” brotará con humildad y prontitud de nuestros labios. Cuando perdonamos, acogemos y dignificamos a la persona que nos ofendió y cuando somos perdonados nos sentimos acogidos y dignificados por la misma persona a la que ofendimos. Al sentirnos perdonados por la persona a la que amamos, se nos ensancha el alma y entra de nuevo la luz de la amistad en nuestro corazón. El perdón es fruto del amor y crea, a su vez, más amor. Dios nos ha perdonado generosa y gratuitamente y cuando somos conscientes de la grandeza y gratuidad de este perdón, se agranda nuestro reconocimiento y nuestro amor a Él Y, al sentir la gratuidad del perdón de Dios, nos sentimos más animados a perdonar también nosotros generosamente a los demás.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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