El relato evangélico de la resurrección del joven, hijo de viuda, de Naím, fue elaborado por san  Lucas paralelamente con el texto de la resurrección del hijo de la viuda de  Sarepta por parte de Elías, que leemos en la primera lectura. Elías encuentra una viuda angustiada a la entrada de la ciudad de Sarepta. Similarmente, Jesús encuentra a una viuda angustiada a la puerta de la ciudad de Naím. La viuda de Sarepta tiene un hijo, aparentemente único. Habiendo muerto ese hijo único, Elías lo resucitó “y se lo entregó a la madre”. Exactamente las mismas palabras y exactamente en el mismo orden figuran en el relato de Lucas. Jesús, tras resucitar a un muchacho, se lo entrega a su madre.

La muerte del hijo único de una viuda, no significaba solamente el dolor de una madre por la pérdida de  su hijo, que indubitablemente es así. Junto al dolor humano, se unía la situación de indefensión social y económica a la que tendría que enfrentarse esa mujer: marginación, hambre, pérdida de los pobres recursos que pudiera su hijo aportar... Muerte sobre muerte. Dolor sobre dolor.

Por eso, a Jesús, al ver la angustia de aquella pobre mujer, le dio lástima y le dijo: “No llores…” Y eso es así precisamente porque la característica central de Dios para con los seres humanos, para con sus hijos, es la de la compasión. A Dios le afectan las circunstancias y el dolor humano. Como Padre, sufre con los que sufren, siente lástima, ternura, compasión  del hombre, la misericordia llena su corazón de padre. Dios se deja afectar por el sufrimiento humano. Ese emotivo "no llores" de Jesús parece que  es el que alguna vez nos lo han dicho a nosotros, o en nuestra propia voz al decirlo a alguien. En ese "no llores" está la voz conmovida de Dios.

Jesús, como hijo de Dios, nos muestra ese talente de Dios. El que se apiada, el que se compadece, el que siente lástima del dolor y del abatimiento de las personas. Un Dios que  todo lo  ha creado para que el hombre lo disfrute,  para que se desarrolle, para que festeje y cante. Un Dios de vida y alegría, que no mira a otro lado cuando las dolencias hostigan la vida de sus hijos. Al revés. Un Dios que se compadece de la muerte y la pena… y que interviene para que  ni una ni otra tengan la última palabra en la vida humana. No se queda quieto y lejano, ajeno, sino que se implica en la vida humana. Movido por la compasión, actúa. El amor de Dios por sus hijos, le mueve a llevarles vida.

Los relatos de hoy nos invitan a todos  a optar por la esperanza, porque para el creyente nada está dado por perdido. Decía un sabio sacerdote: “Al final todo saldrá bien... y si no ha salido bien, es que aún no es el final.”

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal


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