La gracia de estado

          En la 2ª lectura san Pablo recuerda a Timoteo que tiene que vivir y actuar de acuerdo con la gracia que Dios le dio cuando se le confió el ministerio apostólico de servicio a la Iglesia. Tiene la obligación de dirigir su comunidad para que crezca y librarla de peligros y ha recibido capacidad para hacerlo con sabiduría, amor, fortaleza, y con espíritu de servicio humilde, como recuerda el Evangelio. Para eso tiene que reavivar constantemente con la oración el fuego de la gracia que recibió. Reavivar es literalmente “soplar para que surja la llama”, como cuando se quiere reavivar un fuego.    

          Esta palabra de Dios nos recuerda dos cosas. La primera es la obligación de orar para que el papa, los obispos y los presbíteros, todos los que han recibido el sacramento del orden sacerdotal, reaviven la gracia recibida en beneficio de toda la comunidad cristiana. Tienen una tarea importante en la vida eclesial y nos conviene a todos que ejerciten su tarea fielmente. Hay que evitar los extremos: ni jerarcolatría ni desprecio; por el bautismo son hermanos nuestros, que caminan a nuestro lado hacia la meta común, pero por el sacramento del orden han recibido una tarea de servicio al frente de la comunidad. Por eso, como dice Hebreos 13,17 Obedeced a vuestros dirigentes y someteos a ellos, pues velan sobre vuestras almas como quienes han de dar cuenta  de ellas, para que lo hagan con alegría y no lamentándose, cosa que no os traería ventaja alguna.

          La segunda que cada cristiano en virtud del bautismo también ha recibido la gracia de estado necesaria en su situación concreta para dar testimonio  con sabiduría, amor y fortaleza y “tomar parte en los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas recibidas de Dios”, “con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”.

          El Espíritu Santo, que habita en nosotros, es la fuente de todo. En el sacramento del bautismo imprime carácter, un sello permanente en nuestro corazón, que nos configura con Cristo y que es fuente de gracia para vivir como cristos vivientes, pensando como Cristo, hablando y actuando como él. Para cada cristiano es la fuente que le capacita para actuar con sabiduría,  posibilitando el poder discernir en cada momento lo que Dios quiere que hagamos, y para hacerlo con amor y fortaleza, afrontando las dificultades en la situación en que se encuentre.

          Es necesario reavivar constantemente esta gracia bautismal, el sello bautismal,  con fe, oración y espíritu de humilde servicio. La fe es la primera virtud teologal, fundamento de toda la vida cristiana. De ella nos habla hoy el Evangelio, recordándonos cómo los discípulos pidieron a Jesús que se la aumentara. Es hacerse fuerte en Dios en el pensamiento y en la actuación. Es la convicción confiada de Dios está con nosotros, nos capacita y envía. La vida cristiana es fruto de la fe y no puede vivirse sin ella. De ahí la necesidad de mantener cada vez más viva la llama de la fe, soplando sobre ella, como nos recuerda el Año de la Fe que estamos celebrando.

          Los medios normales de crecimiento de la fe son la oración, la meditación de la Palabra de Dios, y su ejercicio. La oración nos pone en contacto inmediato con Dios padre por medio de Jesucristo. En ella adoramos y damos gracias al Padre, le damos gracia por la fe y pedimos no caer en la tentación de perderla, al contrario ir creciendo en ella cada día. El que ora experimenta que el mundo en que cree es real y viviente.

          La lectura seria y espiritual de la Palabra de Dios ayudará a iluminar nuestra fe, quién es Dios, cómo actúa y cómo debemos responder. Como dice san Jerónimo, ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.

          Finalmente el servicio humilde. Jesús, que “no vino a ser servido sino a servir y dar su vida por los demás” quiere que continuemos su actuación en nuestro mundo. Para ello nos capacita y pide que actuemos con espíritu de servidor humilde, como dice el Evangelio «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.»

          En la Eucaristía sacerdote y pueblo ejercen como pueblo sacerdotal, cada uno según la gracia recibida, y se ofrecen al Padre por medio de Jesús como pueblo unido. En ella cada uno debe agradecer la gracia de estado recibida y pedir mutuamente con humildad la gracia de reavivarla.

 

Primera lectura: Hab 1,2-3; 2,2-4: El justo vivirá por la fe.

Salmo Responsorial: Sal 94,1-2.6-7.8-9: Ojalá escuchéis hoy su voz: “no endurezcáis el corazón”.

Segunda lectura: 2 Tim 1,6-8.13-14: No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Lucas 17,5-10: ¡Si tuvierais fe...!

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