Nuestro sacrificio espiritual

         La segunda lectura recuerda el testamento de Pablo, en que afirma que su vida ha sido un sacrificio espiritual, invitándonos a todos a seguir su camino para compartir también la corona que espera. Está a punto de consumar su sacrificio existencial, que compara con un combate contra sí mismo, manteniéndose firme contra las pasividades propias de su naturaleza humana y contra los obstáculos exteriores de falsos hermanos y de no creyentes, y con una carrera que está corriendo y ya está llegando a la meta. El resultado es que al final se ha mantenido firme a las exigencias de la fe, que ha recibido como don para que la dé a conocer a los demás. Por eso al final espera sereno la corona que le dará Jesús.

         La vida cristiana es un sacrificio existencial, unido al sacrificio de Jesús. Sacrificio en nuestra cultura suena a sufrimiento, pero su sentido propio es más profundo: desde su etimología sacrificio significa hacer sagrado, es decir, hacer que algo llegue a Dios y le sea agradable. Esto es posible porque Jesús con su sacrificio nos lo ha hecho posible, uniendo nuestra vida a la suya. En este contexto el sufrir o no es algo secundario, lo importante es ofrecer la vida a Dios, asumiendo por amor y hasta con gozo las dificultades que lleve consigo. Como dice Pablo en otro lugar: «Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual.» (Rom 12,1). Esto es lo que Dios espera de nosotros, que le ofrezcamos la vida y no tanto cosas sueltas. Y esto se traduce en vivir haciendo su voluntad por amor.

         Medios básicos para ello son la palabra de Dios y la oración humilde. Necesitamos baños constantes de palabra de Dios, contenida en las Sagradas Escrituras. La persona se rige con la luz de la cabeza y es necesario que la forma de pensar de la cabeza se transforme con la palabra de Dios. El texto antes citado continúa: «Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto. » (Rom 12,2). La razón natural tiene capacidad para conocer el bien, pero, por una parte, no tiene capacidad para conocer todas las exigencias del mundo de Dios, y, por otra, nuestra forma de pensar está constantemente amenazada por un pensamiento pagano ambiental, ajeno e incluso enemigo de la razón natural. De aquí la necesidad de rectificar criterios y profundizar, iluminados con la palabra de Dios.

         El Evangelio nos habla de la importancia de la oración humilde, que reconoce la propia debilidad y pecado y pide humildemente perdón y ayuda a Dios. Lo contrario es la postura farisea, del que se cree igual a Dios, no reconoce sus debilidades y pecados y comparece ante él para presumir de lo bueno que ha hecho, olvidando que todo es un don de Dios. Espera que Dios se lo agradezca, pensando en la importancia de su trabajo, como si fuera indispensable para la obra de Dios. Esta persona está totalmente alienada y está perdiendo el tiempo. Dos enfermos van al médico, uno le cuenta sus dolencias y sale curado, otro, en lugar de contar lo que le sucede, se limita a hablar de lo bien que está, y sale sin curar. Palabra de Dios y oración humilde permiten mantener la fe hasta el final, como Pablo, es decir, la entrega total y confiada al Padre por medio de Cristo.

         Cada celebración de la Eucaristía es actualización del sacrificio de Cristo. Supone que vivimos nuestro sacrificio existencial y lo potencia. No se trata de oír misa, sino de participar en el único sacrificio de Cristo, que se actualiza para que nos unamos a él y potenciemos el nuestro.

Primera lectura: Eclo 35,12-14.16-18: Los gritos del pobre atraviesan el cielo

Salmo Responsorial: Sal 32,2-3.17-18.19-23: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha

Segunda lectura: 2 Tim 4,6-8.16-18: Ahora me aguarda la corona de justicia

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Lucas 18,9-14: El publicano bajó a su casa justificado, el fariseo no.

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