FARISEO Y PUBLICANO

Nos narra el Evangelio de la Misa de hoy, una nueva parábola de Jesús, insistiendo, otra vez, en el tema de la oración. Dos personajes muy significativos de aquella época -un fariseo y un publicano-, que subieron al Templo a orar.

Los fariseos se caracterizaban por observar con austeridad y rigor la Ley de Moisés, y algunos de ellos, muy criticados por Jesús, se consideraban a sí mismos como puros y perfectos creyentes judíos. Tal vez por esto eligieron como nombre identificativo el de “fariseos”, que significa “separados”. Antes de narrar la parábola, el evangelista se preocupa de señalar que Jesús se dirigía a “ciertos hombres que presumían de ser justos y despreciaban a los demás”, como a .los publicanos, que eran los que obtenían alguna delegación jurisdiccional del estado para efectuar la recaudación de tributos, y constituir “compañías comerciales” que operaban en las provincias, con “accionistas” romanos. Eran pecadores por ser mas amantes del dinero y los negocios que de cumplir con la ley.

En seguida se pone de manifiesto en la parábola que el fariseo ha entrado al Templo sin humildad y sin amor.Está de pie. Ora, da gracias por lo que hace Es el centro de sus propios pensamientos y el objeto de su aprecio: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo”. En lugar de alabar a Dios, ha comenzado, quizá de modo sutil, por alabarse a sí mismo. Todo lo que hacía eran cosas buenas: ayunar, pagar el diezmo...; la bondad de estas obras quedó destruida, sin embargo, por la soberbia: se atribuye a sí mismo el mérito, y desprecia a los demás. Faltan la humildad y la caridad, y sin ellas no hay ninguna virtud ni obra buena.

El publicano dirige a Dios una oración humilde, y confía, no en sus méritos, sino en la misericordia divina: “quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar sus ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador”.

Dios lo perdona y justifica. “Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no.

En el fondo de toda la parábola late una idea que el Señor quiere inculcarnos: la necesidad de la humildad como fundamento de toda nuestra relación con Dios y con los demás. Por supuesto que si a nosotros nos preguntan a cual de los dos personajes nos parecemos, diremos que al publicano, porque creemos que así seremos mejor escuchados por Dios. Pero lo que impide ser escuchados por Dios es obstinarnos en clasificar a los demás dividiéndolos en fariseos y publicanos. Y lo que abre los oídos y el corazón de Dios a nuestra oración es que, habiendo reconocido uno que lleva dentro un fariseo y a la vez un publicano, matemos al fariseo para dejar que pueda convertirse y salvarse al publicano.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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