buscar la gloria de Dios

            En la segunda lectura san Pablo nos desea que glorifiquemos con nuestra vida a Dios y que Dios nos glorifique: Que Cristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él. Vivir buscando la gloria de Dios es el mejor modo de conseguir la propia gloria. Y en este contexto la primera lectura nos habla del amor de Dios a sus criaturas, que se revela en Jesús, buen pastor, que busca lo que estaba perdido para salvarlo.

         El deseo de la propia gloria está enraizado en la naturaleza humana. Todos desean triunfar, ver reconocido su triunfo por todos y verse así plenamente realizados. El deseo es bueno e impulsa a las personas a luchar por conseguirlo, el problema es la meta deseada y el modo y camino que se elige para hacerla realidad: el esfuerzo del deportista por obtener la medalla, el esfuerzo del estudiante por conseguir el título y el trabajo que desea, el trabajo del comerciante por triunfar en su negocio, el deseo de ser plenamente feliz en el matrimonio... Son muchas las metas y los caminos, unos legítimos, otros no tanto.

         Pablo nos habla de una gloria superior que nos da Dios, gloria imperecedera, al contrario de las humanas, que perecen: Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible (1 Cor 9,23). El medio para ella es buscar la gloria de Dios. Para eso contamos con la ayuda divina.

         Gloria de Dios suena a egoísmo divino, como la pretensión divina que impone a la humanidad que le alabe. Y sin embargo no tiene nada que ver con eso. En la experiencia humana alabar suele ser una consecuencia de un favor recibido. Se alaba o glorifica a una persona, por ejemplo, al médico, cuando uno ha recibido la curación y alaba y agradece su actuación. Glorificar a Dios implica sentirse salvado, reconocer su amor misericordioso y, como consecuencia, desear vivir agradándole, haciendo su voluntad, lo cual a su vez revierte en nuestra bien, pues el deseo de Dios es nuestra vida plenamente realizada.

         Dios es amor y padre de todos. Por ello, como buen padre, su gloria es el bien de todos sus hijos. Para que lo consigamos libremente nos ilumina con su palabra y nos fortalece con su gracia. Su gran deseo es que colaboremos y consigamos la meta que él quiere para nosotros. Es algo parecido al padre humano que ofrece todos los medios a su hijo para que estudie y consiga un porvenir. Por eso la gloria de Dios es la gloria del hombre, como la gloria de un padre humano es el triunfo de su hijo. Como consecuencia buscar la gloria de Dios es el mejor camino para conseguir la gloria que deseamos. Lo mejor que podemos desear es la meta que nos ofrece Dios padre, compartir su gloria en un mundo nuevo sin dolor ni muerte, en comunión con todos sus hijos.

         Es una meta cuyo deseo el Padre ha sembrado, pues todos deseamos una felicidad infinita. La 1ª lectura nos lo recuerda, Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Igualmente el Evangelio muestra a Jesús, el enviado del Padre, buscando la oveja perdida. ¿Qué hambre de felicidad impulsa al rico Zaqueo a buscar a Jesús y, una vez encontrado por él, a desprenderse de sus bienes?

         En la Eucaristía Jesús sale a nuestro encuentro y nos invita a vivir buscando la gloria de Dios, como medio de alcanzar nuestra propia gloria.

Primera lectura: Sab 11,22-12,2: Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres

Salmo Responsorial: Sal 144,1-2.8-9-10-11.13cd-14: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey

Segunda lectura: 2 Tes 1,11-2,2: Que Cristo sea glorificado en vosotros y vosotros en él

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Lucas 19,1-10: El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

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