PROCLAMAR LA RESURECCIÓN CON PALABRAS Y HECHOS

Lo que la Palabra de Dios nos quiere dejar muy claro en la más grande y hermosa fiesta cristiana  de hoy es que la confesión de fe en Cristo resucitado es el núcleo central de nuestra creencia cristiana que debemos asumir, en una experiencia de vida transformadora y un buena noticia que debemos proclamar.

La fe en la resurrección no se fundamenta en el sepulcro vacío: María Magdalena al verlo, creyó que  habían robado el cuerpo del Maestro. Pedro comprobó que las vendas y el sudario no estaban maniatando el cuerpo del Señor. Pero ni María ni Pedro creyeron que Jesucristo había resucitado, al ver el sepulcro vacío. Sólo el Discípulo amado "vio y creyó", pero no porque por el hecho de la ausencia del cuerpo de Jesús, sino porque la visión  le llevó a entender la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos.  Lo que supone, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica (640) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana.  Por eso, aunque sus ojos aún no han contemplado al Señor Resucitado, este discípulo  ya lo ha "visto", porque la Palabra de Dios es verdadera; las apariciones del Resucitado a los suyos no harán, sino confirmar la fe en la resurrección.

Un signo de que nosotros creamos si haber visto que el Señor ha resucitado está en la   transformación ética, que comporta la experiencia del encuentro con  Cristo, una transformación que toca las raíces mismas del hombre. Un cabio de orientación en nuestra vida  para que vaya configurando  a más y mejor a la de Jesús  y ser como Él. Un acercamiento más coherente a los criterios evangélicos como orientadores de nuestro pensar y actuar. Una trayectoria a lo largo de nuestra vida, siguiendo el camino abierto por el que “Camino, Verdad y Vida”  que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el maligno, porque Dios estaba con él”. Así concordando nuestro vivir con el de Cristo, seremos configurados con él en su muerte y su  resurrección.

Cuando vivimos una experiencia  gozosa y profunda, no la podemos callar, por más conscientes que seamos que nuestras palabras nunca podrán expresar la intensidad, viveza y plenitud de ese creer sin haber visto. Esté sería un  segundo signo de nuestra fe en la resurrección Y esta   está la buena noticia que tenemos para comunicar. Como los apóstoles y discípulos que necesariamente tuvieron que hablar,  proclamar y, sobre todo, testimoniar con su propia vida: “El Señor ha resucitado” a quienes no la habían tenido ese encuentro con Cristo vencedor de la muerte, los cristianos,  no podemos reducir la resurrección de Jesús a un bello y emocionante recuerdo del pasado o a una profunda experiencia personal y espiritual. Tiene que seguir siendo hoy la gran noticia que proclamemos con nuestros labios para que infunda esperanza ante todos los que sienten el miedo a su muerte o la herida de la muerte de los suyos y  a tantos millones de crucificados de nuestro mundo y con nuestro esfuerzo  por suprimir todo el sufrimiento que podamos evitar.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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