GOZAR DE LA DULZURA DEL SEÑOR

El domingo pasado Jesús hablaba y nos manifestaba, en la parábola del hijo pródigo, la dulzura, la profundidad, la enormidad del corazón de Dios. Hoy Jesús, en la escena evangélica del perdón a la adultera, Jesús hace realidad el contenido de esa parábola actuando y  siendo el mismo él mismo parábola viva de perdón y misericordia. Esa es la coherencia de Jesús, que refleja la coherencia de Dios entre lo que dice y lo que hace.

Vale la pena detenernos este domingo a contemplar sin prisas la escena que el evangelio de Juan pone hoy delante de nosotros. Es hermosa y consoladora la actitud de Jesús con aquella pobre mujer, a la que le ofrece con la misericordia entrañable de Dios, la comprensión y el perdón.

El Dios de Jesucristo no es el dios de la ira divina, que pretendían presentar aquellos  acusadores que se creían puros y por lo tanto merecedores de la bondad de Dios, no ese terrible castigo que se había ganado aquella mujer sorprendida en adulterio.

Aquellos acusadores son el vivo retrato de ese rincón de nuestro interior del que salen las maledicencias y murmuraciones y hasta acusaciones y condenas  abiertas que arrojar contra los demás, ¡que hieren más las  piedras! A la vez que sacamos toda clase de justificaciones para, lo que definimos nuestros errores, por no querer llamarlos pecados.

¿Quién de nosotros puede juzgar como pecador a sus semejantes? Pues, nadie, porque todos somos pecadores. Y pobre de aquel que no repare en su condición de pecador. Esto es lo que avergonzadamente tuvieron que reconocer, muy a pesar suyo,  los acusadores al marcharse, de uno en uno, dejando la piedras en el suelo.

Ahora están solos Jesús y la atemorizada mujer ¿Haría hacer  bajar sobre ella fuego del cielo?

Si nosotros no tenemos que alejarnos cabizbajos, cuando juzgamos a los otros y el Señor, en nuestra conciencia, nos dice que miremos la viga de nuestro ojo, en la lugar de la paja en el ajeno  seguramente hubiésemos disfrutado y sentido ese tono de voz, firme pero suave, con el que Jesús preguntaba a  aquella mujer que había pecado, “más por fragilidad que por malicia”:. - ¿Nadie te ha condenado?

–Ninguno, balbuce ella.

Y Jesús, bondadosamente añade: -Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más..

Si tuviéramos la humildad, en este final de Cuaresma, de reconocer que somos tan o más pecadores que nuestros acusados, gozaríamos también nosotros de esa fiesta que supone recibir el perdón del Padre, que no nos juzga como nos merecemos, que no nos lanza un "ultimatum", que está dispuesto a ofrecernos una nueva oportunidad con tal de que nos demos cuenta de que la necesitamos.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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