¡QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUÍ!

Tal vez no lo entendamos muy bien, pero hace pocos días comenzábamos, una vez más, el tiempo de la Cuaresma. Seguramente, el algunos casos, sin saber muy bien por qué, tal vez sólo por tradición nos hemos puesto la Ceniza en la frente o en la cabeza y, seguramente ese miércoles de ceniza y los dos viernes siguientes ya no hemos comido carne.

Si la Cuaresma es un tiempo de gracia para volver al reencuentro con el  Señor, la Eucaristía de cada domingo, es una oportunidad para experimentar lo que Pedro y los otros dos discípulos sintieron en la montaña, cuando la Transfiguración: ¡Qué bien se está aquí…! ¡Qué bien se está junto al Señor Resucitado…!

La Cuaresma sea un continuo mirar a Cristo. A ese Cristo transfigurado, que nos desvela su verdadero rostro resucitado, en el que brilla la gloria de Dios lo encontramos cada domingo cuando subimos al Tabor de la Eucaristía. En ella Dios y el hombre se encuentran, se escuchan, se aman. Nuestro Tabor es la Eucaristía porque en ella está Cristo desvelándonos su verdadero rostro resucitado y vivo en medio de nosotros. Es también el lugar del  encuentro gozoso en la esperanza de  los hermanos,. No pasemos de largo por este Tabor.

Porque no podemos olvidar que el camino de la cuaresma no debe ser un tiempo dedicado a preparar con mayor intensidad nuestros desfiles procesionales, porque aunque sea una tarea hermosa y digna, tiene el peligro de alejarnos de lo esencial de este tiempo de gracia que Dios nos ofrece a través de la Iglesia. Lo esencial de la cuaresma es prepararnos para la fiesta dela Resurrección del Señor y de nuestra resurrección a la vida según el Espíritu. La cuaresma no culmina con la procesión del Santo Entierro, por muy solemne y representativa que sea, sino el  gozo de un bautismos renovado tras un proceso catecumenal de conversión.

No podemos quedarnos con los momentos trágicos de su vida, que experimentamos con intensidad en los via crucis cuaresmales y más vivamente en la Semana Santa, porque nos mueve la compasión y el ver el sufrimiento del “pobre Jesús”.

Entretenidos en otras cosas, sin escuchar estos día la voz del “Hijo amado”, como Pedro y los discípulos en el Tabor, nos podemos perder “lo mejor de la fiesta”, quedándonos embelesados en las imágenes y la música, pero sin darnos cuenta de que lo que Jesús nos quiere decir es que el final es la Resurrección, y eso es lo que verdaderamente da sentido a nuestra vida y a nuestra fe.. Esa es la meta verdadera de este camino al que llamamos Cuaresma.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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