LA GRAN TENTACIÓN: PRESCINDIR DE DIOS

El evangelio de san Lucas habla de una estancia de Jesús en el desierto de Judea después que Juan le bautizara en el Jordán. El desierto de Judea no es una llanura de arenas y dunas  sino una prolongada cadena de montañas y colinas improductivas y áridas, separadas por barrancos y quebradas.

Una tierra apta sólo para beduinos,  la tierra que dio cobijo a Juan Bautista. Aquí  moldeo también Jesús su espíritu durante un tiempo probablemente amplio, que la tradición ha sintetizado en cuarenta días por influjo teológico de los cuarenta años de camino por el desierto del pueblo de  Israel hacia la tierra prometida.

Jesús se dispone a empezar su anuncio del Reino. Como hará a lo largo de toda su vida, se deja guiar por el Espíritu, que ahora le conduce al desierto y ahí ha de plantearse  la fidelidad a Dios como exigencia de su misión. Para eso tendrá que experimentar y rechazar  todo lo que pueda  pervertir el camino mesiánico según la manera de pensar de Dios y no del diablo, lo que se manifiesta en las  tres pruebas o tentaciones que  se relatan  en el texto evangélico.

La primera prueba, adaptada  a las dificultades de subsistencia en el desierto, plantea a Jesús la posibilidad de sobrevivir prescindiendo de Dios. La segunda, desborda ese marco geográfico del desierto para presentar “a vista de pájaro” las riquezas de la tierra como objeto de esa peculiar ambición originaria en el ser humano de predominio y de superioridad, planteándole a Jesús la posibilidad de rechazar a Dios. Enmarcada en el lugar santo de Jerusalén, en el pináculo del templo, que mira hacia el torrente Cedrón desde una altura aproximada de unos cincuenta metros, en tiempos de Jesús, la tercera tentación, establecida a esa frecuente apetencia de manipulación y de control de las personas para conseguir  los propios intereses particulares, plantea a Jesús la posibilidad de utilizar a Dios en beneficio propio.

Arraigadas en las más inherentes apetencias humanas, las tentaciones que sondearon a Jesús tenían un único objetivo: romper la comunión y  comunicación entre Jesús y su Padre Dios.

Es ésta la tentación por antonomasia, la tentación a desprendernos de Dios, que todos sentimos en más de una ocasión.  Y sucumbimos frecuentemente a esas tentaciones, aún cuando no seamos muy conscientes de ello.

Con demasiada frecuencia hablamos de pequeñas tentaciones; pero casi nunca hablamos de única y gran tentación, la que debería inquietarnos: la  de prescindir  de Dios, renunciando a El o sirviéndonos de El.

Manuel Antonio  Menchón

Vicario Episcopal

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