María, madre y modelo de esperanza

En medio del tiempo de Adviento la fiesta de la Inmaculada presenta a María como modelo y madre de la esperanza cristiana. Modelo, porque nos enseña cómo vivir la esperanza, madre, porque engendró a Jesús, que es nuestra esperanza, e intercede por nosotros para que sigamos sus pasos.

La esperanza cristiana se funda en las promesas de Dios que promete y cumple. Prometió la salvación plena y ha comenzado su cumplimiento por medio de Jesús que murió, resucitó y nos ha hecho hijos de Dios, en camino hacia la plena salvación. La 1ª lectura nos recuerda la primera promesa de salvación, inmediatamente después del pecado de Adán y Eva, al comienzo de la historia humana, que por ello no se pone en marcha bajo el signo de la maldición sino bajo la promesa de la salvación. Desde entonces todas las generaciones esperaban la llegada de la salvación prometida, la llegada del Reino de Dios.

La mayoría esperaba esta llegada de forma llamativa y aparatosa, pero vino en silencio, sin que lo notara nadie, como explicó Jesús cuando dijo que el Reino de Dios no viene de forma aparatosa, sino que ya está en medio de vosotros (Lc 17,20s). Para ello Dios se sirve de instrumentos, a los que prepara y capacita dándole todos los medios necesarios para su tarea. Por ello hace que la mujer destinada a ser la madre de su enviado fuera concebida sin pecado original. Nadie lo supo. Ni siquiera ella. Las grandes obras de Dios suceden en silencio. Lo importante es que fuera una mujer con un corazón íntegro, totalmente poseído por la gracia de Dios. Plenitud de gracia significa plenitud de capacidad de amar. No quiere esto decir que María viviera en la estratosfera, sin sentir ni consentir, impasible a todo. Ser librada del pecado original significa que se le quitó una incapacidad radical que la privaba de la gracia de Dios y la condenaba a la muerte eterna, pero dejó en ella raíces negativas que inclinan al pecado, y que hay que controlar. El catecismo las resume en los llamados “pecados capitales” (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza), movimientos instintivos, que de por sí son moralmente neutros, pero que pueden degenerar en pecado si se los acepta en cuanto que impiden el amor a Dios y al prójimo. Por eso exigen una ascética que ayude a controlarlos adecuadamente con la gracia de Dios. María recibió una plenitud de gracia que le permitió un control total, de forma que siempre pudo amar plenamente, de acuerdo con la misión recibida. Por eso la podemos imitar con la gracia de Dios.

Más adelante, en el momento oportuno, un ángel le anuncia que Dios la ha elegido para que conciba virginalmente al Mesías (Evangelio) y ella acepta libremente “porque para Dios no hay nada imposible”, dando un sí en contexto de fe y alegría. ¿Qué sucedió? La encarnación del Hijo de Dios, uno de los hitos más importantes de la Historia de la salvación. ¿Qué hizo María inmediatamente después del saludo del ángel? No sintió nada. Realmente las cosas importantes acontecen en el silencio. Fue Isabel quien le hizo saber que había concebido y la felicitó por su fe y esperanza. Así fue la vida de María ante el Hijo misterio. A partir de este momento toda su vida se consagra a esperar el nacimiento de su hijo y a acompañarle en su misión.

María es para todos nosotros modelo para esperar. Lo que ella recibió de forma privilegiada en su concepción lo hemos recibido nosotros en el bautismo, que nos perdona el pecado original, pero deja las reliquias negativas que debemos controlar con la gracia de Dios. Así todos podemos realizar nuestra vocación cristiana, que recuerda la 2ª lectura: destinados a ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor. Para hacer posible esta meta el Padre nos agració en el Amado, en quien tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos. Como María, hemos de esperar llegar a la meta apoyados en la palabra de Dios con fe humilde y confiada y con una vida consagrada al amor. Como María, igualmente hemos de prestarnos a ser instrumentos dóciles en manos de Dios para llevar la salvación a otras personas, pues Dios quiere continuar sirviéndose de los hombres para su obra salvadora. Y todo en silencio, que es el contexto de las grandes obras de Dios.

En la Eucaristía obedecemos la invitación de Pablo en la 2ª lectura, dando gracias a Dios Padre que nos ha llamado a ser santos e inmaculados por el amor, nos capacita por Jesús para realizar nuestra vocación y nos ha dado a María como madre y modelo de esperanza.

Primera lectura:Gén 3,9-15.20: Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza.

Salmo responsorial:Sal 97,1.2-3ª. 3bc-4: Cantad al Señor un cántico nuevo.

Segunda lectura: Ef 1,3-6. 11-12: Dios Padre nos ha elegido para ser santos e inmaculados ante él por el amor.

Evangelio:Lc 1,26-38: Alégrate, llena de gracia.

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