1 Lectura: Génesis 14,18-20. Sacó pan y vino.
Salmo: Tú eres Sacerdote Eterno, Señor Jesús.
2 Lectura: 1 Corintios 11,23-26. Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor.
Evangelio: Lucas 9,11-17. Comieron todos y se saciaron.

Tras las fiestas pascuales, somos invitados a la celebración del Santísimo Sacramento. Esta importante referencia eucarística a pesar de su similitud se distingue con especiales matices de la celebración del Jueves Santo. Mientras que en aquella maravillosa cena celebramos la institución de la Eucaristía, ahora el matiz ha subrayar es el pan compartid, Cristo mismo que nos da la vida, refuerza la comunión con Dios y la  fraternidad con los hermanos.

Es una celebración que nos toca de lleno en nuestra propia vida y nos descubre una inmensa muchedumbre poblada de rostros en ninguna forma anónimos y que claman por el hambre y la miseria. Son muchas las víctimas del egoísmo y exceso de codicia. En demasiadas ocasiones permitimos que muchos hijos de Dios y hermanos nuestros terminen sus días por este mundo como aquel Lázaro del evangelio. Si bien es verdad que sabemos que Dios les tiene preparado un lugar hermoso, no es menos cierto que sabemos que sobre la mesa reposan nuestros manjares y que en el día del juicio las cosas serán muy distintas…No es sólo una mera advertencia, es una invitación a invertir los valores que nuestra sociedad quiere imponer, olvidando a quienes no sirven en su maléfico engranaje.

En nuestros oídos debe resonar el mandato de Jesús: Dadle vosotros de comer. También hoy como entonces serán muchas las objeciones, muchas las dificultades, pero también como entonces Jesús será el que termine el trabajo, el que multiplique el pan, quien alimente de verdad. Sin nuestra colaboración, sin nuestro interés, sin esos pocos peces y panes esta ingente masa de hermanos morirá de hambre…

No es esto el ideario de ninguna O.N.G., es una exigencia evangélica. No podemos abandonar la Eucaristía, donde somos alimentados con un manjar que nos abre a la VIDA, y olvidar tras cruzar la puerta el mandato del Señor. Los cristianos estamos llamados a partir el pan con los hermanos, y si bien es verdad que no sólo de pan vive el hombre y que nuestra sociedad está necesitada del verdadero alimento que es Cristo, los cristianos debemos conjugar ambas realidades. Así debemos clamar por un mundo tal y como Dios lo quiere y llevar a los hombres la gran noticia de Cristo resucitado.

Solo compartiendo podremos hacer visible la llegada del Reino. Sólo comunicando nuestra alegría de ser hijos de Dios podremos extenderlo a todos los hombres.

Pidamos ser capaces de vivir en la experiencia del compartir todos los días, en cada momento de la vida. Dejemos que Jesús resucitado rompa nuestros esquemas y nuestras cadenas egoístas.

Que Dios nos bendiga, nos ilumine para buscar su voluntad y nos de fuerzas para poder cumplirla.
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