1 Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.
2 Lectura: 1 Corintios 12,3-13. Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.
Evangelio: Juan 20,19-23. Como el Padre me ha enviado, así os envió yo. Recibid el Espíritu Santo.

Recibid Espíritu Santo

Hoy termina la cincuentena pascual, el espacio festivo que celebra el misterio de nuestra salvación por medio de la muerte y glorificación de Jesucristo. Nuestros hermanos judíos conmemoran la entrega en este día de la ley en el Sinaí y los cristianos celebramos  la entrega de la nueva ley  del amor que nos ha entregado Jesucristo.

Es Jesucristo mismo quien derrama sobre sus discípulos al Espíritu Santo, para la remisión de los pecados. Jesucristo continúa su acción salvífica a través de su Iglesia, haciendo renacer a una vida nueva y restituyendo a quienes se acercar a recibir el perdón de Dios y se abren, a través de un arrepentimiento sincero, a recibir el don del Espíritu Santo (Hechos de los apóstoles 2,38s).

El texto que el evangelista nos proclama, nos muestra que la comunidad cristiana se constituye alrededor de Jesús vivo y presente, crucificado y resucitado. Él es el centro de la comunidad, quien saca del miedo y de la inseguridad, otorgándonos confianza y seguridad, paz y alegría.

Del Espíritu Santo recibimos la fuerza necesaria, el empuje generoso que nos permite llevar la misión adelante. Una misión como la de Jesucristo, liberando, sembrando paz, perdonando y dando la vida hasta la entrega total.

Sin este espíritu, cuántas veces nos vemos abocados a este “anochecer”, a menudo con las puertas cerradas, llenos de miedo, temerosos. Sin el Espíritu nuestra vida es vieja y caduca. Sin experimentar al resucitado difícilmente podremos avanzar.

Sin embargo quien se deja invadir por el Espíritu, descubre que la fuente de su misión, de su vida es el amor de Dios. La realidad entonces se torna distinta y todo cobra un nuevo vigor. El fuego arrebatador del Espíritu Santo guía “sin cuartel” hacia la sorpresa y la novedad de una vida vivida desde Dios. Los obstáculos y amenazas se tornan en estímulos y débiles recuerdos de un pasado que no puede alcanzar la novedad del presente.

Hoy, como siempre necesitamos invocar al Espíritu Santo y nutrirnos de su presencia. Repitamos pues con energía “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor”. La fiesta de Pentecostés se extiende a toda una vida en el Espíritu, ese mismo que nos permite reconocer a Dios como Padre y llamarlo abba.

Que el Espíritu Santo nos mande su luz desde el cielo y nos impregne a todos de sus dones.

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