Dichosos los llamados a la cena del Señor

Primera lectura: Lectura del libro del Éxodo 24,3-8
SALMO 115: Alzaré la copa de la salvación invocándote
Segunda lectura: Lectura de la carta a los Hebreos 9,11-15
Evangelio: Lectura del santo evangelio según san Marcos 14,12-16. 22-26

La última cena de Jesús con sus discípulos tiene lugar durante la fiesta de la Pascua. Es el paso de Israel a un nuevo comienzo bajo la acción liberadora de Dios.  En el relato de la institución de la eucaristía, el acento recae en los gestos y palabras de Jesús.  Jesús realiza un signo profético de lo que ha sido toda su vida y de lo que está a punto de acontecer con su muerte: un pan que se comparte, una existencia entregada y rota por todos. Es la historia de la donación y entrega de Dios.

Este gesto en la última cena, a la que precedieron muchas otras comidas con los pobres y pecadores arrepentidos y a las que siguieron las comidas del Resucitado con los suyos sigue siendo hoy celebrado en la comunidad cristiana.  Es mandato del Señor hasta que vuelva. Su presencia viva y eficaz en medio del mundo y de la Iglesia.

No podemos perder pues la visión del banquete. Es por ello que para acercarnos hemos de tener hambre y querer compartir la mesa que se nos ofrece. Quien no tiene hambre ni sed, difícilmente podrá aceptar el donde Dios. Tenemos que sentirnos dichosos de ser invitados al alimento que da vida y nutre la fe. No podemos permitir que el gesto sea rutinario o escape a lo fundamental de nuestra vida.

Al igual que los discípulos prepararon la cena de Pascua, para orar necesitamos prepararnos. La preparación comienza con el canto o recitación del Padre nuestro. No nos preparamos cada uno por su cuenta para comulgar individualmente. Comulgamos formando toda una familia que, por encima de tensiones y diferencias, quiere vivir fraternalmente invocando al mismo Padre y encontrándonos todo en el mismo Cristo.

Pedir el pan, la venida del Reino, el perdón de las ofensas nos introducen de pleno en el gesto eucarístico que se prolonga en el abrazo y el deseo de paz que rompe los aislamientos y diferencias que el egoísmo y la indiferencia alimentan.

Si la Eucaristía es memorial actualizado, también lo son aquellos en los que el cuerpo de Cristo clama y grita sin cesar, a veces en un clamor silencioso. Los más pobres, los olvidados de nuestro mundo. Los que son utilizados permanentemente para encubrir acciones propagandísticas o ideológicas siguen sin poder asistir a banquetes de fraternidad y humana dignidad. 

Nuestra hambre de Dios saciada en la Eucaristía ha de provocar en nosotros la creatividad, el esfuerzo y la generosidad necesaria para acabar con las restantes y menos humanas hambres que asolan la humanidad: la pobreza, la falta de cultura, la precariedad, la violación de los derechos humanos, la vida en peligro en su inicio y en su ocaso…

No somos dignos bien es verdad, pero que no nos falte tu pan

Ramón Carlos Rodríguez García, sacerdote

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