Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra

Primera lectura: Hechos 2,1-11. Se llenaron todos de Espíritu Santo.
Salmo  103. Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Segunda lectura: Gálatas 5, 16-25. Si vivimos por el espíritu, marchemos tras el Espíritu.
Evangelio: Juan 15,26-27; 16, 12-15. El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.

El pasado Domingo la Iglesia entera se alegraba con la fiesta de la Ascensión. En este día celebramos Pentecostés. Conmemoramos la donación del Espíritu Santo. Se nos relata cómo los discípulos de Jesús, estando reunidos, temerosos y sin saber qué hacer después de todos los trágicos acontecimientos que se habían desarrollado y que aparentemente habían culminado con la muerte de Jesús en la cruz, en el día de Pentecostés reciben el don del Espíritu. Ésta capacitación les llevará a proclamar la buena nueva a todos aquellos que se encontraban en la ciudad. Este anuncio jamás ha dejado de realizarse desde entonces.  Es la fiesta del nacimiento de la Iglesia.

Veamos someramente el origen de esta festividad que se remonta al ámbito agrícola y judío. Pentecostés (cincuenta, es decir, cincuenta días después de la Pascua), era en Israel, la fiesta de la recolección (cf. Éxodo 23,16; 34,22). De agraria se convertirá más tarde en fiesta histórica: en ella se recordaba la promulgación de la ley sobre el Sinaí. Recibía también el nombre de “Fiesta de las semanas” (7 x 7 días después de Pascua). En ese día la ciudad de Jerusalén se llenaba de creyentes judíos venidos a la festividad desde diferentes lugares de la diáspora.

El v. 19  del Evangelio nos da una idea extraordinaria de la vivencia de la comunidad de los discípulos sin el don del Espíritu Santo: “Estaban los discípulos en una casa con las puertas atrancadas por miedo a las autoridades judías”. Es una oportunidad este domingo para descubrir nuestros temores y todo aquello que nos paraliza como cristianos: pereza, indiferencia, vergüenza, pasividad…falta de amor a la Iglesia. También nos ayuda a confiar en Dios y en el cumplimiento de sus promesas que abren todas las puertas que por uno u otro motivo vamos cerrando. La comunidad cristiana sólo puede constituirse alrededor de Jesús y desde el Don maravilloso de su Espíritu. Esta Gracia nace, pervive y se manifiesta en su Iglesia. Debemos sentirnos profundamente agradecidos. Tampoco nosotros sabemos o podemos dar la talla, también en ocasiones somos un triste reflejo de aquel momento de puertas cerradas. Sin embargo es Dios quien capacita a los discípulos. Somos elegidos para una misión maravillosa desde el momento del bautismo. No es la debilidad o la falta de experiencia o nuestra realidad pecadora lo que nos impide asumir el reto de Jesús. Quizás es la falta de confianza en el que nos capacita lo que nos paraliza.

Aquellos hombres y mujeres padecieron un ambiente hostil, vieron sus propios miedos reflejados en su alrededor. Fue el don de Dios quien disipó todas sus dudas. La fuerza de la misión y su origen está en Dios en todo momento. No estamos solos, su fuerza descansa en su Iglesia y Él vela por ella y por todos nosotros. Son momentos para la confianza y la entrega total, es momento de Pentecostés.

Ramón Carlos Rodríguez García, sacerdote

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