Primera lectura: Isaías 55,1-11. Acudid por agua, escuchadme y viviréis.
Salmo: Isaías, 12,2-6. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.
Segunda lectura: 1 Juan 5,1-9. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
Evangelio: Marcos 1,6b-11. Tú eres mi hijo amado, mi preferido.

Nuestro querido Machado, en una ocasión comentó que los vasos sirven para beber, pero que no sabemos para qué sirve la sed. Nuestro querido Isaías muchos años antes planteó una solución a este acertijo existencial. El profeta conocía la sed de la humanidad. Una sed que atraviesa el tiempo y nos reseca la garganta, que agrieta el alma a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Una carencia que nos agota. Un anhelo que nos lleva a profundizar en caminos que a menudo se vuelven estériles y no conducen a ningún sitito. Este pregonero maravilloso nos anunció una abundante y gratuita fuente que era capaz realmente de saciar.

Nuestra vida es un caminar con sed. El manantial en ocasiones aparece a lo lejos como un espejismo que se desvanece en cuanto hemos creído probar unas gotas. La Palabra de Dios y la relación con Él son la verdadera fuente. La sed, una interminable búsqueda cuando nos alejamos de Dios. Muchos años después, en un día terrible de aplastante calor, una mujer caminaba, con gesto repetido, aprendido de memoria por el paso de los años y de las dificultades buscando agua, sin imaginar que la fuente la había encontrado a ella (Juan 4), y le ofrecía un agua que saltaba hasta la vida eterna. El agua que sacia es Jesús.

Jesús mismo, que sale al encuentro de cada hombre y mujer para ofrecerle vida en abundancia, se puso en fila para ser bautizado por Juan. En medio de esa sencillez, no olvidemos el gesto realmente solidario. Comparte nuestra naturaleza humana, también nuestra precariedad, pero el que no tuvo pecado comparte también un bautismo de perdón, aun sin necesitarlo. Su amor al ser humano no conoce límites. El bautismo de Jesús hace realidad el anuncio de Juan. La fortaleza y el don del Espíritu son los signos que identifican al Mesías esperado (tal y como lo habían anunciado los profetas).

Los cielos han dejado de estar cerrados. El silencio de Dios ahora sólo forma parte de un mal sueño. Dios tiene mucho que decir y aportar a nuestro mundo. Su Palabra salvadora se ha hecho carne en Jesucristo. El posible muro de separación entre Dios y el hombre pecador ha sido derribado por Jesús. El Mesías es también su mejor regalo, su hijo querido. También los cristianos por el bautismo nos unimos a esta importante y urgente misión: anunciar y proclamar el diálogo que en Jesús, quiere Dios mantener con nosotros. Esta fiesta del Bautismo del Señor puede ser un buen recordatorio de lo que somos por gracia y por don de Dios: hijos y hermanos, con un mismo Padre.

Puede que la lectura de estas líneas os haya dado un poquito de sed, no dejéis de tomar algo de agua, para muchos la mejor medicina del siglo XXI. Pero si esa sed no “desaparece” no dejéis de leer la Palabra de Dios, la mejor medicina de todos los tiempos. Que el Señor os ilumine, os muestre su rostro y os conceda su favor. Que Dios os proteja y acompañe.

Ramón Carlos Rodríguez García, párroco de la Loma de El Ejido
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