El reino del Hijo querido

        La 1ª lectura recuerda la unción regia de David como rey de Israel. Más adelante Dios le prometió un trono perpetuo, lo que dio origen a la esperanza de un futuro rey, hijo de David, que vendría a salvar a Israel de sus enemigos y a constituirlo en cabeza de un reino político religioso con capital en Jerusalén. El ciego de Jericó, que invoca a Jesús con el título Hijo de David, es un testimonio de la vigencia de esta esperanza en su tiempo. Jesús es realmente rey, pero de otro tipo.

         El Evangelio presenta este tipo: la imagen de Jesús en la cruz como la auténtica expresión de su reinado. El letrero puesto sobre la cruz en hebreo, griego y latín es la proclamación universal de su reinado. Los soldados se burlan de él diciéndole que si realmente es el rey de los judíos, que se salve a sí mismo. Y no lo hizo precisamente para demostrarlo, pues ser rey exige dar la vida por los demás. En el relato de la anunciación se anuncia a María el nacimiento de un hijo a quien el Señor Dios dará el trono de David su padre y su reino no tendrá fin, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin (Lc 1,32-33), todo en futuro, porque se trata de un trono que debe recibir a lo largo de toda su vida. Y lo consiguió con una vida entregada al amor, que culmina en su muerte y resurrección. Lo explica muy bien el prefacio de la misa: Consagraste sacerdote eterno y rey del universo a tu hijo único, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con oleo de alegría, para que ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora sobre el ara de la cruz, consumara el misterio de la redención eterna, y sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal, el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz. Si Dios es amor, el reinado de Jesús tiene que consistir en vivir totalmente inundado por el amor del Padre y ofrecer a la humanidad la posibilidad de vivir en el amor. Se vive en el reino de Cristo cuando el amor domina en el corazón de una persona.

         La 2ª lectura invita a dar gracias al Padre porque nos ha trasladado del reino del pecado que conduce a la muerte al reino de su Hijo querido, reino de gracia que conduce a la plenitud de la vida. Al final del año litúrgico la Iglesia nos recuerda nuestra situación en el reino de Jesús, invitándonos a dar gracias por todo lo recibido y a continuar trabajando para que en nuestra vida reine un amor, que se traduzca en obras propias del reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.         

         La fiesta de hoy, por una parte, invita a echar una mirada optimista sobre la historia; a pesar de todos los males presentes, el mundo camina hacia una meta de salvación en que reinará plenamente el amor. Por otra, urge a renovar el compromiso de vida filial y fraternal para mantenerse dentro del Reino, pues al final seremos examinados precisamente de vida filial y fraternal, de amor (Mt 25,31-46).

         En la Eucaristía damos gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido. Y además pedimos ayuda para mantenernos en las exigencias de este reino.

Primera lectura: 2 Sam 5,1-3: Ungieron a David rey de Israel

Salmo Responsorial: Sal 121,1-2.3-4a.4b-5: Vamos alegres a la casa del Señor

Segunda lectura: Col 1,12-20: Nos ha trasladado al reino de su Hijo querido

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Lucas 23,35-43: Señor, acuérdate de mí, cuando llegues a tu reino.

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