El Pregón pascual o la Secuencia del día de Pascua serían suficiente para aprender lo que significa la Pascua del Señor, atender a los textos litúrgicos es un gran alimento espiritual; y no sólo aprender, como si sólo de ejercicio de memoria se tratara, cuanto de entender la Pascua. La victoria de Cristo es ya nuestra victoria, y dónde nos ha precedido Él que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo. Por eso, en expresión insistida del Papa Francisco, no podemos dejar que nos roben la esperanza. Nuestra esperanza es Cristo. Y es conocido del Papa que no podemos ser cristianos con cara de Cuaresma sin haber llegado a la Pascua; como su insistencia a la alegría como la actitud normal del cristiano.

Pienso que tendremos que preguntarnos una y otra vez por qué perdemos la alegría y qué nos hace perder la alegría. O tal vez, fuera necesario descubrir la alegría como aquello que nos aporta la fe a la vida personal: Dios que nos ama por su Hijo Jesucristo nos ha abierto las puertas de la vida eterna. ¡Cómo nos libera pensar en la vida eterna y, al mismo tiempo, nos compromete! “Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo”, escribe San Pablo. En la Pascua hemos recibido el don de la libertad para sacudir las cadenas que atan la vida del hombre, reduciéndola sin perspectiva y quitándole la esperanza de poder amar como hemos sido capacitados por nuestro Señor. Es bueno recordar que cuanto más pensamos en la otra vida, más capaces somos de hacer felices la vida de los demás, es decir de nuestros hermanos, en esta vida que es un don de Dios, desde el instante primero de la concepción hasta el último aliento. Que es una paradoja, lo admito, pero los planes de Dios son así, y cuando desaparece de nuestra mente lo que puede llamarse o resultar paradoja, ¿qué queda?

Esta Pascua acaba de ponernos dos ejemplos de santidad, de quienes entendieron y se entregaron para hacernos entender la Pascua. Los Pontífices del siglo XX Juan XXIII y Juan Pablo II. En la homilía de la Misa de canonización el Papa Francisco se refirió a ellos llamándolos “contemplativos de las llagas de Cristo y testigos de su misericordia”. “Ésta es la esperanza y el gozo que los dos papas recibieron como un don del Señor resucitado, y que a su vez dieron abundantemente al Pueblo de Dios, recibiendo de él un reconocimiento eterno”. En uno de en otro de estos santos Pontífices la alegría era característica destacada, como su amor a la Cruz.

Antonio de Mata Cañizares

Vicario Episcopal

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