Soy una persona optimista. En parte por naturaleza: suelo ver lo mejor de las cosas y de las personas a pesar de reconocer también la parte más sombría; y en parte por mi condición de creyente: tantos advientos he vivido que me han “calado” en esto de ser un hombre de esperanza. Pero reconozco que las últimas semanas me han “tocado” mi capacidad de ver el mundo como algo que va avanzando hacia una plenitud que nos vendrá regalada por parte del Padre. La tarde del 13 de noviembre los acontecimientos de París interrumpieron una hermosa cena de amigos y lo más importante: estuve a punto de quebrarme.

Otro golpe al centro de la confianza, un puñetazo en las entrañas de la fe en que es posible una humanidad nueva, sacaron lo peor de mí: “¡ya está bien!”, “Es el Islam el que está en entredicho”, “basta de tender la mano...”. Todos esos pensamientos me venían y eran tema de discusión con los amigos presentes.

Luego vino la serenidad, el silencio, la oración y el dejarse interpelar… Y me di cuenta de que no iban a quebrarme en mis convicciones, que mi Maestro me enseñó a que había que amar a los enemigos, a tratar a los demás como me gustaría que lo hicieran conmigo, que mi condición de sociólogo me recuerda que no hay que caer en las generalizaciones y prejuicios a grupos sociales, etnias, religiones… y que, en definitiva, tenía que ser fiel a mi estilo de descubrir cada día la bondad que Dios ha puesto en el mundo.

Es cierto que habrá que evitar “buenismos” poco rigurosos, que tendremos que tomar las medidas necesarias y oportunas pero como decía recientemente nuestro obispo de Almería en una entrevista en este periódico: “Estoy convencido de que los líderes religiosos del Islam no fundamentalista quieren este diálogo religioso como lo quieren los cristianos. Ellos condenan el terror como lo hacemos nosotros. No podemos caer en el error de cerrar las puertas al verdadero diálogo ínter religioso”.

Pero lo más importante: que no me quiebren lo mejor que tengo que es ese “Don” recibido de Dios de creer en las personas y que el Reino de Dios está presente como semilla en esta historia que vivimos. Que somos un ejército silencioso los que vamos haciendo de este mundo un lugar más hermoso. Que la realidad cotidiana está llena de gestos amables, de entregas calladas, de puentes hacia los otros y de mucha amabilidad que hace que estos “indeseables” no puedan arrebatarnos la esperanza en un Dios que viene a cambiar los cimientos de la humanidad y que se va haciendo presente en nuestra vida. Que el tiempo de Adviento que ahora llega, aumente y consolide nuestra esperanza que sólo es posible si Él nos la regala.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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