Nadie está libre de heridas como consecuencia de decepciones, desamores, traiciones… Y cuando vamos “pintando canas”, uno ya lleva a su espalda más de una historia de ruptura, a veces, con quien menos te esperabas (y esas son las que más duelen). Y esas heridas se extienden de lo personal a la pareja, los amigos, los vecinos, las razas, los países y las religiones.

Pero por otra parte estamos llamados al perdón. No sólo como una obligación moral, ni siquiera como una exigencia cristiana, sino como una necesidad psicológica: si el perdón no existiese las relaciones humanas serían imposibles.

El proceso del perdón no es fácil. A veces, en un acto de buena voluntad, uno puede decir: ¡TE PERDONO! Pero es un perdón superficial que deja en el fondo resquemor y amargura. El perdón que brota del corazón, el perdón interiorizado requiere tiempo, paciencia e introspección. Y digo que requiere camino interior porque, curiosamente, el daño infligido “conecta” con una herida personal (quizá desde algo no resuelto desde la infancia) que es capaz de movilizar recuerdos y provoca una “reacción en cadena” (a todos nos ha sucedido alguna vez aquello de “por qué esto me está haciendo tanto daño cuando la verdad es una nimiedad…”).

Perdonar no es olvidar. El otro día charlando con una amiga me decía que tanto le habían dicho en la Iglesia que tenía que “olvidar” la ofensa que sentía como una liberación esta afirmación. En nuestra piel las cicatrices se notan. Un daño causado, especialmente cuando proviene de personas amadas, jamás se olvida. El perdón es una aventura humana y espiritual. Supone comprender al ofensor, encontrar qué te enseña la ofensa, llenarse de misericordia y al final decidir acabar con la relación o renovarla (Si, no hay que confundir perdón con reconciliación: se puede perdonar y acabar con la relación o renovarla asumiendo lo que ha pasado)

Es cierto que tenemos un modelo: Jesús nos propone vivir desde el perdón sin limites (“hasta setenta veces siete…”) y nos recuerda que cada uno de nosotros hemos sido perdonados cada día por el Padre. De hecho el que no ha experimentado el perdón no “sabe” perdonar: no podemos dar lo que no tenemos o somos. Y también es cierto que estamos FALTOS DE MEMORIA AGRADECIDA        .

En este año que comienza el año de la misericordia vamos a hablar mucho de perdón y reconciliación. El Papa Francisco, en un gesto absolutamente inédito, lo abrió desde la catedral de Bangui en la República Centro Africana. Y nos invita a que todos los cristianos (y los no creyentes) hagamos un ejercicio honesto y profundo de perdón.

Acabo con un testimonio que es ya parte de la Historia de la Iglesia. En los recientes sucesos de los “años negros” de Argelia, el padre Christian de Chergé, superior de la comunidad de los Cistercienses asesinados, escribió un testamento consciente de que su muerte podía ser inmediata. Sus últimas palabras estaban dirigidas a su futuro asesino: “Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías. Sí, para ti también quiero este GRACIAS, y este “A-DIOS” en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío”. PERDONÓ AUNQUE NUNCA SE LE PUDO OLVIDAR…

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