Se trata de un truco periodístico: comenzar con un título que haga pensar que voy a hablar del programa de Bertín Osborne (aunque aprovecho para decir que, con alguna reserva, me gusta la idea de una entrevista que convierta a los “personajes” en personas). Pero no voy a hablar de ello. Esta misma frase se utiliza en estos días previos a la navidad: “en nochebuena nos vamos a la casa de mis suegros y en nochevieja a la mía…”; “mis padres vendrán de Madrid a vernos” o “nos acercaremos a ver a mi hermana que vive en Málaga”. Los cafés de oficina o las conversaciones de las salidas del colegio tratan, en estas fechas, sobre cómo se va a organizar la navidad familiar.

Son días de expectación y de preparación ilusionada, aunque también de roces familiares y conversaciones incómodas. Serán para muchos días de un montón de nietos corriendo por los pasillos, de cuidadosa búsqueda del regalo perfecto o de ponerse vestidos largos para aquella cena o aquel cotillón al que iremos.

Y digo para muchos pero no para todos; y en mi opinión, no para la mayoría. Desde luego que me alegro y felicito a los que viven ese ambiente… los que podáis disfrutarlo, dad gracias a Dios y pensad que, a pesar de las incomodidades y el lógico “jaleo”, merecerá la pena pasar unas navidades de esas que yo llamo “de familia feliz”.

Pero hay otra Navidad mucho más sencilla: la de millones de hogares en que la Navidad pasa casi desapercibida. Unas "fiestas" que supone un aldabonazo en el alma porque su celebración es muchísimo mas sencilla. Hay miles de viudas, de familias poco animosas, de gente que está pasando mala racha, de hogares que perdieron algún familiar hace poco, de familias muy pequeñas, de inmigrantes que tienen a los suyos muy lejos, de personas que no supieron perdonar y gestionar sus afectos y al final se han quedado muy solas…  En esos hogares, como probablemente sea el tuyo o el mío, tomaremos una sopa, una tortilla “liá”, y una cerveza sin alcohol y nos escudaremos frente a la televisión para que las noches pasen pronto y la aurora llegue con urgencia.

Pero ahora llega la buena noticia: los creyentes estamos convencidos que, en esos hogares, también es Navidad, es más, que Dios los visita especialmente. El Dios que se hace carne en estos días no necesita que el ambiente sea propicio, que la familia esté toda unida, que no falte ninguno de sus miembros… Él se hace presente, fiel a su cita, para decirnos a todos que en lo sencillo y lo normal, que en la herida y en el desgarro, que en lo pequeño y desapercibido encuentra un lugar estupendo para poder entrar.

Corremos el peligro de haber construido una fiestas navideñas que dependen de nuestro estado de ánimo, de que estemos todos, de que no falte nadie… y con ello perdemos la perspectiva de que la Navidad SUCEDE COMO UN REGALO. A los que tengáis la casa abarrotada y el pescado en el horno: DAD GRACIAS A DIOS Y VIVIDLO INTESAMENTE. A los doloridos de la historia, a los que tenéis poco que celebrar: sentid el consuelo, ALZAD LA CABEZA, LEVANTAD EL ÁNIMO... es Navidad en tu casa y en la mía.

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